Si luchar contra la corrupción política fuera tan sencillo como parece deducirse del discurso de quienes creen que todo se resuelve engolando la voz y haciendo escandalera o moralina demagógica, uno de los más graves problemas al que hoy se enfrenta la democracia estaría ya resuelto. Pero el combate contra la corrupción exige enfrentarse de verdad al gran desafío que aquella plantea a los políticos: a saber, la superación del sectarismo y del patriotismo de partido.
El sectarismo se traduce en una ideología verdaderamente estúpida: la que supone que existe una relación natural entre el color político y la tendencia a corromperse. Mucha gente de derechas considera que ser de izquierdas favorece ser corrupto, y mucha gente de izquierdas cree lo contario: que derecha y corrupción van de la mano. Tal necedad, contradicha de forma contundente por los hechos, no es inocente en todo caso, pues de ella deducen sus defensores algo extremadamente peligroso: que ha de vigilarse a los adversarios (corruptos por naturaleza) pero no a los partidarios (honrados por definición).
Cuando esos cálculos se van a hacer puñetas y se comprueba que en las propias filas también los corruptos hacen de las suyas, se echa mano del patriotismo de partido. Y así, ante un presunto caso de corrupción, la decisión inicial no es nunca la de limpiar (¡no digo ya fijar y dar esplendor!), sino la de tapar. Tampoco aquí la actitud varía en función del color político de los eventuales afectados, pues todo el mundo hace lo mismo.
Frente al sectarismo y al patriotismo de partido, la historia nos enseña que la sinvergonzonería no conoce de colores y que es el poder, y no el color, el que pone en peligro a quien lo ejerce, de modo que aquel aumenta proporcionalmente al grado de mando que se logra controlar. Y así, a más poder, más riesgo de que la corrupción acabe por ser incontrolable. El PSOE tuvo un gravísimo problema de corrupción estructural tras acumular, después de 1982, un gran poder, como lo tiene aún en Andalucía. Por idéntico motivo está hoy el PP metido en un verdadero pozo negro. Ni siquiera basta ahora con tratar de limpiar, aceptada la evidencia de que tapar resulta ya imposible, pues la corrupción se ha extendido por sus estancias de tal modo que ya no es posible sofocarla llamando a los bomberos cada vez que surge un nuevo incendio. Y es que los daños estructurales que la corrupción ha provocado en el edificio popular son de tal envergadura que todo él está amenazado de ruina.
El PP tiene, por eso, ante sí un reto muy difícil, del que no es exagerado afirmar que depende su supervivencia como primera fuerza conservadora del país: refundarse, lo que exige una profunda renovación de sus equipos dirigentes, empezando sin duda por quien ocupa su cabeza. No hay ninguna seguridad de que tal refundación garantice la superación inmediata de su crisis actual. Pero sí es seguro que sin aquella no podrá resistir el PP la embestida de Ciudadanos por su flanco más centrista, que -aunque el PSOE lo haya olvidado- es el que permite ganar las elecciones.