El papa y el patriarca ortodoxo ruso son capaces de poner fin a mil años de incomunicación y buscar juntos formas de defender a los cristianos. Obama supera el creciente clima de guerra fría y llama por teléfono a Putin para buscar puntos de acercamiento y avanzar hacia un alto el fuego en Siria.
Aquí, los líderes de los dos principales partidos escenifican su desencuentro. El de la opción más votada el 20 de diciembre rehúsa la invitación del jefe del Estado a pedir la confianza del Congreso y olvida dar la mano a su rival, pero sigue pidiendo que apoye la única opción de gobierno que considera sensata, que es la que él mismo presidiría.
Advierte de los peligros de la inestabilidad, aunque su renuncia a presentarse ante el Congreso propició que se prolongase la situación de interinidad.
Alerta sobre el inmenso peligro de otro pacto que no sea el que él propone, pero obvia que los dos partidos con los que quiere pactar han situado su tibieza ante los escándalos de corrupción como el principal impedimento para sentarse a hablar.
Afirma que la tolerancia se ha acabado y recita las medidas de su Gobierno contra la corrupción, pero al mismo tiempo blinda a la ex alcaldesa de Valencia con un aforamiento a prueba de repetición de elecciones.
Cuando la presidenta de su partido en Madrid le llama para comunicarle que dimite por no haber visto la corrupción a su alrededor, se limita a enviarle un mensaje al móvil diciendo que la entiende.
Con este personalísimo ejercicio del liderazgo pretende apoyos para ser investido presidente o votos para ganar otras elecciones con mayor margen. Tan sutil que se arriesga a que se confunda con mero inmovilismo.