Los gansos de Sibelius


El músico Sibelius se inspiraba observando las aves con su binocular. Un florecer devenía en un poema sinfónico, un aroma, en una suite. En realidad el cielo finlandés parece todo él obra de un artista. Como si las nubes tuviesen el encargo de entretener a los curiosos. «Esos son los pájaros de mi juventud», dijo en una ocasión el músico. Uno de ellos se apartó de la formación y voló en círculo. Poco después Sibelius murió. En Helsinki, las horas se demoran en la tranquilidad de las aguas grises del mar que adornan la ciudad. Allí recuerdan al artista con un árbol plateado que visto desde abajo semeja un racimo tubular del que pueden salir notas para navegar por un océano de sensaciones. Pero Finlandia queda muy lejos, en todo. Sus rentas están entre las más altas del mundo y su sistema educativo y el nivel de vida son envidiables. Aunque sea, junto con Grecia, uno de los países en recesión. Nunca en la vida es todo perfecto y conviene estar al acecho porque el azar mete a uno en un lodazal cuando menos se lo espera. Ya trinaban los pájaros de la primavera económica y, de pronto, el catarro invernal de la banca europea provoca un golpe de fiebre en las bolsas. Ya los mercados afilan los cuchillos de las caídas bursátiles y de la prima de riesgo. Y Rajoy sin estrecharle la mano a Sánchez, una prueba más de que el tinglado tiene difícil amaño. A golpe de disgustos nos han convencido de que los Gobiernos solo aciertan y muestran su eficacia cuando no son necesarios. Alguien dijo que los mensajes de los dioses muertos son buenos para entender los desvaríos de los poderosos de nuestros días, pero ni caso. Como si alguien estuviese moviendo el destino en el horizonte y fuese imposible alcanzarlo.

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