Iba a escribir de política, otra vez. Pero dejé de interesarme por ese baile de los tramposos, muy por la mañana, cuando en la catorce de La Voz de ayer leí la historia de la generación perdida. La contaban S. Luaña y B. Costa desde Vilagarcía, como una granizada de tristeza en medio de las máscaras de carnaval, tan alegres. Hablaban de Blanca Bóveda, que apareció muerta con 54 años en su casa de Vilanova. Era la musa de aquellos que perdieron su vida jugando en la frontera, en el buzón de la heroína, donde los sueños se cambiaban por viajes sin billete de vuelta. Algunos se hicieron millonarios. Pero de los del equipo de fútbol, que amaban tanto a Blanquita, ya solo quedan tres. No es la primera vez que vemos esa foto. Y no es la primera vez que decimos: eran tan jóvenes y felices, pobres. Los millonarios fueron otros. Los que comerciaban con la muerte pero no tocaban el caballo y solo en alguna ocasión aspiraron el polvo blanco que te dormía las encías y te abría el ánimo, el habla y las ganas de vivir. Qué miserables. Aún existen. Y se ríen de los muertos desde sus mansiones cimentadas con ladrillos de jeringuillas.
En junio, si Dios quiere, cumpliré 53 años. Pertenezco a una generación perdida de la que se ha hablado mucho menos que de la de Arousa. Aquí, en la raya, tocando con los dedos el norte de Portugal, también contamos los muertos por decenas. Yo los recuerdo a menudo. Eran mis amigos. A algunos nos sonrió la fortuna. El azar nos permitió salir del reservado de la discoteca, donde el rock era nuestro padrenuestro, y volver a la luz. Cuando escribo esta columna, no sé por qué, o sí, un nudo se me pone en el estómago. Me pesan los ojos. Hoy los recuerdo más. Y más los lloro. Por ellos, probablemente, escribo estas palabras un sábado de carnaval.
Era rubia y muy guapa. Empezaba así el relato. Y todos se enamoraron de sus ojos de agua. Estaban locos por Blanquita, dice un paisano. Se fue. Como se fueron los del equipo de fútbol -la foto- que recuerda Manuel Padín en el libro Dejadnos vivir. Es un gran título para terminar este artículo. Porque mientras unos pretenden arreglar España entre políticas negociaciones hipócritas, el baile de los tramposos, otros solo quieren gritar la única consigna válida: dejadnos vivir. La vida, finalmente, es lo que importa. El único éxito es ser feliz. Lo demás es perder el tiempo. Y quizá por eso me dio hoy por escribir esta columna a contracorriente. Por todos los que se han ido cabalgando ese caballo: llamado muerte, dice la canción. Por mis amigos. Y por ti, Blanquita.