Son apenas unas páginas, ciento y pico. Una novela corta. Dicen que Rafael Chirbes trabajó en ellas durante veinte años. No hay en París-Austerlitz, que, por desgracia, es el testamento de este escritor (al que perdimos hace poco), la escritura torrencial de sus dos catedrales, Crematorio y En la orilla. Este librito remite a su primera Mimoun, más bien, o a esa gigante minúscula que es La buena letra. Pero es imposible escribir mejor sobre el amor y sus consecuencias, sobre la enfermedad y los desastres. Sobre cómo se huye de las víctimas. Hay tanta sabiduría en la historia de estos dos hombres que se enamoran y se odian en un París gris dominado por los arcoiris del alcohol que no se olviden de leerlo. No se puede hacer mejor. No sé cuánto hay de realidad y cuánto de ficción en el texto. Cuánto de evocación o de ensoñación, pero están ahí fijadas, como por un revelador fotográfico de los de antes, la verdad y la mentira de las relaciones de amor y de las relaciones familiares.
Chirbes, con Crematorio y con En la orilla, había sido uno de los pocos escritores españoles que se atrevió a contar este país de desastre, la crisis y la poscrisis, las dos repugnantes barrizales. Y ahora habla, sin cortarse, del veneno que también es amar. Tan pocas páginas para una historia destilada de tal manera que se quedará para siempre en la cabeza. Me recuerda a Milena Busquets y su tremenda También esto pasará, pero en una versión Chirbes: ácida y desesperanzada. Dijo Milena: «El dolor te pone en el bando de los perdedores». Y, desde el bando de los perdedores, con una inteligencia que pasma, escribe Rafael Chirbes. Escribía. Por desgracia, nos hemos quedado sin lo poco que teníamos auténtico en nuestras letras. En nuestro país.