De los políticos ya no entiendo casi nada. Espero llegar a esa clarividencia donde desaparezca el casi y me atreva a afirmar, sin más, nada. Porque anteayer Rajoy dijo sí, y ayer dijo no. Y uno, que escribe esta columna al galope, ya no sabe si creer algo de este circo político que nos fatiga a todos, no por lo que se grita, sino por lo que se calla. Apuntado esto, afirmo que Rajoy ha descolocado con inteligencia política todas las piezas del puzle y ahora le toca a Sánchez recomponerlo. Quizá le resulte fácil la tarea. Iglesias Turrión ya se ha tomado la molestia de presentarle en la foto/espectáculo a sus ministros, con ministerio de Plurinacionalidad y todo. No lo esperaba Sánchez. Ni él ni su petulancia, que es la mochila que lleva a cuestas a falta de la original, que reposa en la espalda de Pablo Iglesias. El anticasta. Que ya ves, se ha puesto morado como su bandera asegurando que antes muerto que con los socialistas y lo primero que hace es pedirse para sí un sillón y las hamacas, faltando al respeto al socialismo y sus militantes (lo dice Rubalcaba, no yo). Rajoy le deja a Sánchez la responsabilidad de la investidura. Es un acto con ambigua interpretación. Aunque la principal descansa en la evidencia: para qué dilatar un proceso en el que se sabe perdedor. Pero hay más: que Sánchez asuma el (primer) debate y el desgaste de tener que cargar obligatoriamente con las exigencias de Podemos y el independentismo, que van unidos de la mano. Porque o las asume o es un político aniquilado. Está al borde del abismo, donde solo queda taparse los ojos. O saltar. En el fondo, creo, es lo que buscaba.