En Estados Unidos una ráfaga de viento frío ha levantado las togas de sus señorías. Miles de ciudadanos cuestionan el funcionamiento del sistema judicial. Hasta Obama ha abordado el asunto. Y todo por diez horas de televisión. Por los diez capítulos de Making a Murderer (Fabricando un asesino), de Netflix. Un documental sin narrador. Años de declaraciones, juicios y entrevistas capaces de hacer hervir la sangre del espectador. Es como una droga. Se consume con avidez, pero asumiendo sus estragos. Indignación, tristeza, desamparo. Es duro pensar que la Justicia se ha sacado la venda de los ojos para mirar por encima del hombro a la familia Avery porque son white trash, basura blanca de Wisconsin, que la balanza se rompe por el eslabón más débil. El fiscal dice que «las dudas razonables son para la gente inocente». Y un investigador de la defensa asegura que «esa gente es pura maldad». Mientras, el tiempo devora vidas dentro y fuera de la cárcel. Los niños se convierten en jóvenes y los jóvenes se van haciendo viejos. Como los coches que se oxidan en el desguace de los protagonistas.
Una crítica en The New Yorker carga contra el filme por tomar parte y no esclarecer toda la verdad del caso en cuestión, siendo más exigente con las autoras que con el propio fiscal. Admite que ha habido y habrá procesos arbitrarios, pero añade que sucede «por la creencia de que el fin justifica los medios, algo que está bien para jugar rápido con los hechos si con ello se pone a un peligroso criminal entre rejas». Si a usted lo aplasta la apisonadora sepa que es por el bien común. Pero Lisa Kern Griffin, ex fiscal federal, avisa en The New York Times: «Esto no trata sobre la verdad, trata sobre la justicia». La venda caída de la Justicia.