El invierno

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

16 ene 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

La lluvia es obsesiva, tenaz, incesante, instala su cortina de agua, la descorre y la luz es gris deshilachada, la mar es un bramido cercano de ahí al lado concertando, poniendo a punto todos los atributos del invierno, invocando a Stark, señor de Invernalia, que habita en Juego de tronos para subrayar la oscuridad británica contada en los cinco tomos ya editados del inglés Martin, señor asimismo de la lluvia incesante y del invierno que no anuncia la primavera.

Prometo por la gente que esta columna no está escrita por imperativo legal, ni la voy a concluir invocando estrofa alguna de Grandola, vila morena, y en llegando a este punto debo escribir que no voy a elevar a categoría anécdota alguna, que no me preocupan cuestiones de lactancia y que sigo creyendo que en el Parlamento español, en el Congreso, continúa habitando, y Dios la guarde, la democracia.

Dicho esto parece obvio que el cuerpo me pide escribir acerca de las ocurrencias e infantiles provocaciones de los jóvenes cachorros de la burguesía agrupados en los restos del naufragio del 15M, que travestidos de sans coulottes pretenden reinventar el viejo discurso de la demagogia.

No voy hacerlo, ni siquiera cuestionar a Carmena y/o Colau y a todo el gremio de mareantes, pese a mi afecto por un poeta que debuta como diputado por mi circunscripción luguesa.

Yo vine aquí para hablar del padre invierno que, como cada año, nos devuelve la visita al país de los gallegos. Llega como siempre con alharacas, precedido por alertas naranjas en el litoral, y «abrindo as fontes» con ese tren de invierno que a decir de Gil de Biedma dota de una belleza casi obscena a la estación de todos los fríos.

Se echaba de menos, se aguardaban los días de las nieblas que solidifican el paisaje, de la escarcha que tapa con una manta de rocío los campos, convirtiéndolos en un muestrario de bisutería mágica y fantástica que desaparece con los tibios rayos tímidos de un torpe y distraído sol de las mañanas. Es mi saludo de papel a enero y febrero, meses de la cultura primaria, de la mesa del padre cerdo convertido en cocido, con sus ristras de chorizos, cachola y rabo, grelos y garbanzos y el secreto del butelo, que guarda en su corazón toda la esencia de zorza y costillar embutido y camuflado cómo una gigantesca chanfaina.

Reivindico el frío seco de cuando la Navidad concluye, el viento que revienta en la cara cuando el caminante cruza la tarde, la lluvia que regala vida a las cosechas novicias, país del agua, reino cunqueiriano de la lluvia. Invernía galaica como un alalá reiterativo, carta que viene de lejos y que yo aguardo para devolverle el mensaje de un país que quiero próspero y en el que cada estación legue en el tiempo previsto. Como antaño, mas o menos.