A principios del siglo XX, en el agonizante Imperio Otomano se llevaron a cabo políticas de eliminación de todos los súbditos que reivindicaban otros derechos nacionales distintos a los otomanos. Así, con la excusa de garantizar la seguridad del Imperio y en el marco de la Primera Guerra Mundial, en 1915 los otomanos iniciaron la «limpieza religiosa» de la mayoría de los cristianos que habitaban la zona suroriental de la península de Anatolia, es decir, armenios y asirios. Con la constitución de la nueva República de Turquía en 1923 y eliminados también los griegos que habitaban el norte y oeste, solo quedó un elemento discordante al que acallar: los kurdos, a los cuales, a partir de entonces, se le aplicaron las mismas prácticas de exterminio.
En 1978 se fundó el Partido Democrático del Kurdistán o PKK y en 1984 se convirtió en un grupo militante, con ello se pasó de negar la existencia de los kurdos a considerarlos terroristas. Durante décadas, cada atentado que tenía lugar en Turquía tenía un culpable inmediato: el PKK. Pero el año pasado, con el atentado en Suruç, eso cambió; ahora son otros los culpables, pero ello, lejos de beneficiar a los kurdos, agravó su situación propiciando la reanudación de los ataques al PKK tras la ruptura de la tregua firmada dos años antes.
Hace unos días, un terrorista suicida atacó uno de los lugares más emblemáticos de Turquía, la plaza de la Mezquita Azul en Estambul. El Gobierno turco se ha apresurado a confirmar la autoría de un sirio y a aplicar un cerrojazo informativo en el interior del país. No solo quiere evitar dañar la primera industria del país, el turismo, sino también que la población empiece a cuestionar el hostigamiento de Erdogan a los kurdos mientras sigue apoyando al Estado Islámico. Un apoyo que no le ha hecho inmune a sus ataques, sino todo lo contrario. Es lo que tiene criar cuervos, que al final te sacan los ojos.