El camaleón


Marte ya tiene a su primer marciano. Su primer gran éxito fue en el 69 y ha muerto con 69. Ha muerto su cuerpo. Porque el duque blanco es inmortal. El cuerpo de Major Tom ha perdido contacto con la tierra. El alma se queda. En el juke box de nuestros oídos. En la esponja fatigada de nuestros corazones. En nuestros ojos dañados. En todos los sentidos, hasta perder el sentido. En el mejor de los sentidos, su mezcla: los sentimientos. Ziggy. El camaleón. El hombre que te miraba en dos colores. El genio que consolidó la moda. Los cambios de época de la moda. Las estrellas parecen hoy muy diferentes, cantó. ¿Por qué Bowie nos ha llegado tanto, más allá de su voz? Porque Bowie fue muchos Bowies. Como todos. Todos somos mil y una versiones de nosotros mismos. Todos cambiamos. Hacia adelante y hacia atrás. Todos somos máscaras. La cabeza es un nido de alacranes, que le hace decir Shakespeare a Macbeth. De qué sirve un héroe cuando pierde un brazo. Dice mi hermano el rubio, tan Bowie como Bowie: que no manden más robots a la tierra roja. Que está confirmado. Que hay vida en Marte. Desde allí nos mirará con sus ojos de dos colores. El relato que le faltó escribir a otro fenómeno, Ray Bradbury, es ese: un artista coloniza Marte. Otro gran Bowie fue Antoñito Blanco, que paseaba por nuestras calles y que filmó La matanza caníbal. Todo lo que vemos es otra cosa, que apuntó Pessoa. Y David Bowie supo ser él y el contrario. Reinventarse hasta resucitar. El primer artista en despedirse con un disco. Lázaro, claro, resucitado. Y en el medio, música, cine, espectáculo. Escenario. Puro escenario, por no emplear el taco. La vida es escenario. Puigdemont y los invasores.

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