Quien mal anda mal acaba


Si yo fuese editor del Libro Guinness de los Récords pondría un nuevo libro, el de los récords inmateriales, en el que ya figurarían dos actores eminentes de la política catalana: Artur Mas, que ha ganado los récords de la estupidez irresponsable y del ridículo más absoluto; y la CUP, que, además de batir el récord de contumacia, obligó a los catalanes a batir el récord de mirarse en el espejo con cara de incredulidad. Veamos por qué.

Artur Mas, que en solo un quinquenio forzó cuatro elecciones autonómicas, batió sus récords haciendo cuatro cosas que parecían imposibles. La primera, coger una coalición histórica llamada CiU, que se había convertido en sistémica para Cataluña y para España, y que ocupaba la perfecta centralidad de la estructura catalana de partidos, y borrarla del mapa. Diluyó a Convergencia en una amalgama políticamente ilegible llamada JPS. Arrojó a Unió y a su líder Duran i Lleida a la irrelevancia. Inventó un nuevo partido llamado Democràcia i Llibertat que fue superado por Ada Colau. Abrió la puerta de Cataluña a Podemos; y finalmente fracasó en la investidura que debía culminar en enloquecido e ilegal proceso de independencia. ¿Quién da más?

Su segunda hazaña fue abandonar la centralidad del sistema catalán que siempre había ocupado CiU, y reventar con ello toda la estructura catalana de partidos, de tal manera que, donde antes estaban el PSC-PSOE, CiU, PP, ERC y el PSUC, campan ahora los antisistema de la CUP, los independentistas de ERC, los indescriptibles de En Comú Podem (una coalición formada por Podem Catalunya, Iniciativa per Catalunya Verds, Esquerra Unida i Alternativa, Equo y Barcelona en Comú) y los emergentes de C?s, mientras PP y PSOE se retiran a las cuevas de Manresa para hacer los ejercicios espirituales de San Ignacio.

Su tercera valentía fue meter a Cataluña en una deriva que la llevó de parecer el mayor capital político de España, punta de modernidad social, política y económica, a convertirse en un país caótico y desgobernado, y en un ejemplo de lo que jamás debería suceder en la política europea y española. Pero, dado que incluso los relojes parados dan la hora exacta dos veces al día, también Mas nos hizo un gran favor, al dejar con el culo al aire a la enorme caterva de intelectuales y académicos que, a rebufo de su pasta mal gastada, explicaron como una genialidad lo que solo era una trapallada, y prefirieron poner a toda España en el polo del desastre y de lo cutre antes de decir, como era evidente, que el rey Mas estaba desnudo en su país imaginario.

En mi nuevo Libro Guinness le reconoceríamos a la CUP el récord de contumacia. Porque habiéndose comprometido a hacer política «turrando coma os bois», lo hicieron hasta el final y con todas las consecuencias. Es el error elevado a categoría de arte y de virtud. ¡Chapó!

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