Son los años recién cumplidos del siglo y parece, ay, que fue ayer mismo cuando saludamos al nuevo milenio con los temores propios de cambiar mil años así de golpe. Un año después nos incorporamos al euro y un café pasó a costar un euro cuando el día antes su precio medio era de ochenta pesetas. Pasa el tiempo raudo, corren los años como un bandido que huye, y los últimos dieciséis vivimos la primera de las grandes crisis del siglo. No sé si las burbujas económicas o un mar de pompas de jabón acabaron con aquel espejismo, que mucho duró, cuando creímos colectivamente que de los árboles colgaban, como frutos maduros, los billetes de quinientos euros.
Tres lustros son apenas un suspiro en la longeva historia del mundo, que es bien sabido que en esta edad contemporánea no tiene remedio. Muchos y diversos son los males sufridos por esta abnegada civilización. El mundo es globalmente dual, los pobres son cada día más míseros mientras el capital y los ricos acumulan riquezas impensadas que no caben el los relatos de las Mil y una noches, por mucha imaginación que le echara Harum al Rachid en sus cuentos sin fin para alargar la vida.
Legiones de excluidos y refugiados que buscan cobijo en la Europa rica vagan en un éxodo sin fin, inventándose una patria inexistente; la famélica legión ya no es solo una estrofa del himno socialista, somos briznas de hierba en las cunetas de la historia, objetos de fácil manipulación mientras trastocamos el origen de los valores tradicionales, como la honestidad pública y la piedad privada, escribiendo alternativas inconexas sobre el tablón de arena del desierto. Acabamos con todo antes de acabar con nosotros mismos.
Vivimos desorientados bajo el control y la bota de un gran hermano virtual implacable. Y ya casi no nos quedan respuestas, a menos que la impotencia sea una de ellas. Y hasta la tierra está airada, ya no soporta más agresiones, y eso que la naturaleza ha tenido, está teniendo, más aguante del esperado. El cambio climático no era un invento de militancia ecologista, era y es una puñalada certera en el corazón de la vida sobre la Tierra. Un mal presagio se avecina desde que los casquetes polares decretaron su alerta de deshielos.
La guerra continúa afianzando al cuarto jinete del Apocalipsis, son conflictos convencionales en la periferia pobre de los países ricos, pero es la misma sombra de Caín la que oscurece con sangre los paisajes antes apacibles. Coexisten la vesania y el odio, mientras no llega la guerra definitiva que durará menos de una hora antes de que se reinvente de nuevo la vida sobre el viejo planeta.
Ya ni la revolución es posible y la queja, un grito estéril y silenciado que nadie escucha.
Pero estas dos semanas largas son de tregua y de paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad. Por calles y plazas se oyen deseos de salud y de alegría, se brinda por un futuro aún por escribir. Brillan como estrellas en un falso cielo las luces de Navidad mientras trineos guiados por renos cruzan por la autovía de las nubes y como cada diciembre en esta parte de la Tierra vuelven a beber los peces en el río azul de los villancicos.
Nació el nuevo año con los mismos problemas heredados del que ha concluido. No seré yo quien agüe la fiesta con un aire de tristeza evitable, máxime cuando he decidido alargar la tregua hasta que sus altezas de Oriente, los reyes magos, hagan su camino de vuelta después de dejarnos regalos al pie de nuestras ventanas. Vendrán más días con sus afanes y mientras tanto me urge enviarles dieciséis abrazos como dieciséis soles para que iluminen, desde la solidaridad, la libertad y el afecto, los días y los meses que vendrán. Que vengan, que los esperamos.