En la Crítica de la razón pura, Immanuel Kant, al que no ha leído Albert Rivera y Pablo Iglesias confunde, concluye que la metafísica como ciencia no es posible y que, por lo tanto, solo resulta asumible como moral. Para demostrarlo redactó Fundamento de la metafísica de las costumbres y la Crítica de la razón práctica. En ellas, el genio de Koenigsberg otorga una lección de buen juicio, con Dios y la inmortalidad como asuntos fulcrales, sentando las bases de una discusión que se prolonga hasta nuestros días en el ámbito de la filosofía ética. Pero no me extenderé con Kant; léanlo, aunque al principio no lo entiendan. Cuando menos lo esperen, la excelsitud kantiana se extenderá, frondosa, en su interior. Por eso hay que leer a los clásicos: nos hacen mejores de lo que somos.
Sírvame la profusa introducción para hablar del deber y la moral, asuntos predilectos de Kant. En España se superponen confusamente estos días. Están los socialistas que dicen que gobierne Rajoy sabiendo que no puede gobernar con el no del PSOE. Y están los que niegan lo evidente, categoría que entra dentro de lo consuetudinario en esta España donde el sectarismo y el pensamiento único cabalgan aniquiladores e irrespetuosos: solo existe su verdad.
Lo evidente es que las elecciones las ha ganado el PP. Y no me hablen de la mayoría de la izquierda, es falso: los países no son de derechas o de izquierdas, sino que votan a derechas o izquierdas. No me hablen de la legitimidad democrática (¿solo es legítimo que gobierne quien ustedes quieren que gobierne?). De la soberanía popular, la unidad popular, como si los que votan al PP no fueran ni pueblo siquiera: así los desprecia el totalitarismo imperante. Pero no voy por ahí. Regreso a Kant.
El PP viaja en el bucle del error. Seguirán situando en el balcón de Génova a Javier Arenas y Cospedal sentirá orgullo de sus explicaciones; Rajoy, de su plasma. Seguirán sin poner punto final a una época que cuatro millones de sus votantes han visto rematada. Si no se cargan de ideología, como han hecho de modo inteligente la izquierda y sus medios, están acabados. Punto. Solo queda recordar a Kant: el deber, la moral. O sea, qué deben hacer los políticos para que España no se hunda. Dialogar, hablar. Vale. Pero sobre todo no ser hipócritas. No engañarnos más. Este es un gran país del que nadie ha hablado bien en campaña, salvo el PP, aunque no se oyese apenas. Un gran país que reclama altura de miras y no la demagogia suicida de Podemos: un Estado en trozos. Un gran país que necesita un PSOE sólido y sin doble lenguaje. Ahora importa España. Los votos ya se contaron en las urnas. No nos engañen más. Si no hay camino, votaremos de nuevo. Porque la gente decente, esa que vive aun sin saberlo con la rigurosa moral de Kant, no merece este espectáculo. Este bochorno.