«En manos de Pedro Sánchez», decíamos ayer. «Hay que jorobarse, en manos de quién he caído», habrá dicho don Mariano Rajoy. «No puede ser, no puede ser», se oyó por los pasillos de la sede de Génova. La verdad es que la reunión de la Moncloa no pudo ser más fea. Rajoy puso el esmero de las grandes ocasiones y solo le faltó poner la bandera del Partido Socialista al lado de la puerta. Pero rápidamente detectó el gesto adusto de Sánchez y ahí terminó la cordialidad: ni una mínima sonrisa para la foto. Después, el tiempo mínimo para hablar (hay quien dice que fueron veinte minutos reales), las filtraciones sobre la falta de acuerdo y la comunicación final desde la sede del PSOE, para marcar debidamente las distancias.
Primer asalto de la Operación Estabilidad, nulo. Y lo peor: no es fácil entender la estrategia de Sánchez. No quiere que siga Rajoy, pero tampoco está dispuesto a que se repitan las elecciones. Entonces, ¿qué posibilidades deja? Solo dos: una, que su negativa de ayer sea provisional y termine por apoyar en el último minuto al PP, y otra, dejar que Rajoy agote sus plazos, no sea investido, y que él forme una mayoría alternativa que consiga apoyo parlamentario suficiente. La primera opción no la puede reconocer el señor Sánchez ni bajo tortura. La segunda quedó insinuada y hasta razonada por él: si España demostró querer el cambio político y la mayoría ha votado opciones de izquierda, vayamos por la senda izquierdista. Y yo el primero, le faltó a decir emulando a Fernando VII.
¿Cuál es el problema? Que Sánchez necesita a Podemos para formar su Gobierno. Y ni Susana Díaz, ni Felipe González, ni la mayoría de los barones aceptan a Iglesias como socio. No asumen su condición de hacer un referendo en Cataluña, desconfían de la reacción de los mercados y temen que Podemos los acabe devorando, que para eso está en política. Agravante de todo: Pablo Iglesias está convencido de que una repetición de elecciones le permitiría esa remontada para la que le faltó «una semana y un debate», según dijo el día 20. Desde esa convicción, ¿se va a prestar a promover a Sánchez para presidente? Y del otro lado: ¿el PSOE dejará a Sánchez aliarse con su asaltante? ¿Cambiará todas su convicciones para convocar el referendo catalán, al menos mientras no cambie la Constitución?
La respuesta, el lunes, cuando se reúna la dirección socialista. Mientras, sepa Pedro Sánchez que está haciendo una jugada de alto riesgo que puede terminar con él si no tiene bien atadas las respuestas de Podemos y del PSOE. Y en el cambiante panorama de este país, hoy me dispongo a cambiar el título de la crónica de ayer: quizá empecemos a estar en manos de Pablo Iglesias.