Un galimatías y dos funerales

Fernando Salgado
Fernando Salgado LA QUILLA

OPINIÓN

24 dic 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Me joroba ser lúgubre en Navidad, tiempo de génesis y de reencuentro incluso para los que no compartimos su significación religiosa. Pero el galimatías creado por las urnas me induce a entonar, en vez de villancicos, el Réquiem de Mozart. Y no por los dos partidos, uno histórico y otro advenedizo, a los que auguro, salvo milagro, escaso futuro. Me duele mucho más la deriva del país que, enzarzado en recomponer el rompecabezas, acabará por agravar todavía más los problemas económicos que, paradójicamente, son la causa última del embolado político. Los partidos se regeneran o se reemplazan, y en paz. Pero los países, mientras se debaten entre los estertores del cambio, dejan en la cuneta a los ciudadanos más vulnerables y se cargan un par de generaciones. Y estas son irrecuperables.

Lo que de verdad me amola es la impotencia, personal y también generalizada, para percibir una salida factible. Los ciudadanos castigaron con dureza al PP, pero sin quitarle su condición de primer partido. Los ciudadanos apoyaron mayoritariamente a la izquierda, pero a una izquierda fragmentada y heterogénea, con tantas facetas distorsionantes -la cuestión territorial, por ejemplo- que hace prácticamente inviable la configuración de una alternativa a Rajoy. La posición de los cuatro principales partidos parece indicar que hay dos candidatos a despeñarse en el abismo -PSOE y Ciudadanos- y otros dos -Podemos y PP- que aspiran a nutrirse con sus despojos.

Toda la capacidad de seducción de la derecha se emplea en cortejar al PSOE, al que se considera clave para la gobernabilidad. Se le pide que facilite, de una u otra forma, la investidura de Rajoy. Que se inmole en aras del patriotismo y, a cambio del sacrificio, se le promete un emotivo funeral de Estado.

Lo cierto es que el PSOE padece un doble problema de identidad y de esquizofrenia. Vivía confortablemente ubicado en el centroizquierda hasta que la crisis destrozó la clase media, comenzó la demolición del Estado del bienestar -a cuya construcción tanto contribuyeron los socialistas- y muchas de las víctimas buscaron nuevos cauces políticos. Y ahora sufre el partido una letal disociación: sus votantes -no pocos millones aún- son de izquierda en su mayoría y la mayoría de sus dirigentes siguen añorando un centro que ya no existe.

Para mayor inri, Podemos no quiere a Pedro Sánchez en la Moncloa. Prefiere -¡manda truco!- un «tecnócrata» sin aval democrático. Por eso cierra el paso al PSOE con un trágala que sabe inasumible por los socialistas: el reconocimiento de la España plurinacional y del derecho a decidir. Su estrategia para asaltar el poder pasa por devorar al PSOE y conquistar la hegemonía en la izquierda. Y eso requiere o bien nuevas elecciones o bien que los socialistas se suiciden arrojándose en brazos del PP. Miren ustedes por qué extraños vericuetos coinciden los intereses estratégicos de Mariano Rajoy y de Pablo Iglesias. Ambos desean concelebrar los funerales de Rivera y de Sánchez.