En manos de Pedro Sánchez


Ahora que hemos vivido tantas experiencias políticas insólitas, debemos prepararnos para la siguiente: hacer un Gobierno estable con solo 123 escaños; es decir, a 52 diputados de distancia de la mayoría absoluta. Nunca un Gobierno estuvo tan poco asistido. Sin embargo, esa es la aspiración -llena de lógica- del ya presidente en funciones, don Mariano Rajoy. Así lo anunció este lunes, y conseguir ese objetivo será su dedicación fundamental durante las próximas semanas. Un trabajo descomunal. Se requiere imaginación, generosidad, sentido de Estado y capacidad de diálogo sin límites. En él y en sus interlocutores.

Para conseguir esa estabilidad hacen falta socios. Ahora no se dispone del comodín nacionalista catalán, que tantos escollos ayudó a salvar, y el vasco pueden ser un complemento, pero insuficiente por sí mismo. De hecho, y buscando una proximidad de objetivos nacionales, solo son tocables el PSOE y Ciudadanos. En ellos piensa Rajoy, aunque no los haya querido mencionar. De esta forma, el decadente PSOE, reducido a vencedor en la España del sur y humillado en comunidades tan emblemáticas como Madrid, Cataluña, País Vasco y Galicia, se convierte en árbitro de la situación. Señores, cuesta trabajo creerlo, pero España está en manos de Pedro Sánchez, con todos los matices que le puedan poner Susana Díaz, Felipe González y el conjunto de los barones. Él tiene la llave del Gobierno y lo puede hacer caer del lado de la izquierda o del lado conservador.

¿Cuáles son los inconvenientes para que Rajoy pueda contar con él? Muchos y complejos: el formato, que va desde el simple apoyo externo a la gran coalición, pasando por el pacto formal de legislatura o temporal; la confección del programa; la convivencia ideológica; las importantísimas leyes que el PSOE prometió derogar... Y, sobre todo, el miedo del socialismo español a pasar por colaboracionista con la derecha y facilitar a Podemos su objetivo de devorarlo como primera fuerza de la izquierda. Hace falta mucha capacidad de renuncia para prestar esa ayuda.

Pero hay algo que se me antoja casi peor que todo eso: los antecedentes inmediatos. Ciudadanos se comprometió formalmente a abstenerse en la investidura de Rajoy: sería un problema menor si hay acuerdo con los socialistas. Pero el PSOE se llenó la boca con el compromiso de votar en contra. César Luena lo ha repetido cada vez que tuvo un micrófono delante. Y no sé cómo Pedro Sánchez puede salvar ahora a un político al que llamó «indecente» y le dijo que no podía ser presidente del Gobierno. A las condiciones antes expresadas de imaginación, generosidad, sentido de Estado y capacidad de diálogo, creo que hay que añadir una quinta: tragarse muchas palabras.

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