Es opinión común que en el amor y en la guerra todo vale. A mí me cuesta ver el lado positivo de los enfrentamientos, sobre todo de los bélicos, pero en algunas ocasiones se produce un fenómeno extraño y casi milagroso: la aparición de la verdad, aunque sea a medias, sesgada, tímida e incomprensible. Una verdad que corrobora las sospechas de algunos y reafirma las certezas de otros, aunque bien es cierto que lo que es verdad para unos puede ser mentira o manipulación interesada para otros.
Así, antes de la invasión de Irak los informes de algunos servicios de inteligencia debidamente pulidos dieron a entender que había armamento de destrucción masiva en ese país. Así lo afirmó el secretario de Defensa norteamericano, Colin Powell, el 5 de febrero del 2003 ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Una declaración que un año después fue seguida por una patética retractación cuando se evidenció que la invasión se llevó a cabo por otras causas, como los millones de barriles de petróleo que se extrajeron del país sin control, los millones de dólares enviados en efectivo que desaparecieron y los contratos millonarios de empresas como Blackwater, vinculada a Dick Cheney. Retractación confirmada una década después por Tony Blair.
Ahora, el derribo de un avión militar ruso por Turquía ha vuelto a abrir la caja de Pandora de las verdades que hay detrás de una guerra: entiéndase el apoyo que el presidente turco Erdogan y su cohorte han prestado y siguen prestando al Estado Islámico y los beneficios económicos que esta ayuda les está reportando.
Una colaboración que venían denunciando sobre todo los kurdos, los únicos eficaces en la lucha contra los terroristas, y a los que nadie quiso creer. Es lo que tiene la guerra, que al intentar atacar al enemigo sacando trapos sucios sale a luz la verdad.