Pactos e ideas


Para que una campaña electoral tenga sentido hacen falta ideas, pero no solo en la parte de los políticos, sino también en la de los votantes: ideas sobre el bien común, sobre qué significa la dignidad humana y cómo se concreta, un proyecto de país, etcétera. Si eso falta en cualquiera de los dos lados, la campaña termina en una mera activación de redes clientelares. Como en el caciquismo antiguo, el voto se decide en función de lo que me pueden dar o quitar y no en función de lo que puedo construir con él: un juego de egoísmos comprensible, pero que apenas deja recorrido a los verdaderos políticos.

Cuando esto ocurre, los políticos auténticos escasean -nadie competente y magnánimo se mete a administrar semejantes mezquindades- y son sustituidos por gestores de egoísmos tan egoístas como los demás, quienes, a su vez, generan indignación en los votantes que, lejos de indignarse contra sí mismos, la toman contra otros votantes y, por fin, contra las instituciones. Aparece así un tercer tipo de campaña electoral, arrebolada de eslóganes y promesas disparatadas.

Cuando se llega ahí, quizá resulte preferible mandar callar y empezar las conversaciones de cero, como en algunos escenarios en los que crece sin parar el barullo hasta que todos se hablan a gritos. Por eso, si las urnas del día 20 nos abocan a grandes pactos, como apuntan las encuestas, podríamos estar ante una oportunidad. Aunque a la vista de nuestra historia, también la reciente en varias autonomías, quizá con muchos riesgos de estabilidad. Ojalá en esta campaña se utilicen los maravillosos instrumentos del márketing para ayudar a pensar en vez de para sustituir el razonamiento por el prejuicio o el cliché.

@pacosanchez

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