Oportunismo con Adolfo Suárez

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

Como es natural, este cronista celebra con emoción el redescubrimiento de Adolfo Suárez por gran parte de la clase política. Celebra que esté siendo el modelo de Albert Rivera, porque significa la reaparición del centrismo. Celebra que Pablo Iglesias haya tenido palabras de reconocimiento para la transición y el modelo de consenso que instauró Suárez, porque es una aportación de moderación a la vida pública. Celebra que el primer acto de campaña de Mariano Rajoy, después de la pegada de carteles, se haya celebrado en Ávila, en la plaza que lleva el nombre de Adolfo Suárez, y en presencia de su hijo.

Todo eso es muy positivo, es un ejercicio de templanza política y recuerda el gran mérito del primer presidente de la democracia: consolidar un cambio político sin vencedores ni vencidos por primera vez en la historia de este país. No es una mala aspiración cuando ignoramos qué cambios aportarán las próximas elecciones. Pero sí me parece preciso hacer alguna anotación. La principal es advertir del riesgo de que con Suárez ocurra lo mismo que con los símbolos nacionales: que algún partido se lo quiera apropiar.

No es creíble que ahora lo proclamen casi santo fundador e inspirador de su política quienes lo hacen responsable único de los aspectos más criticables de la transición y de la propia Constitución. Por ejemplo, del «café para todos» o de la transferencia de la educación a las autonomías.

Parece oportunismo descarado envolverse en el nombre y la invocación de Suárez justo cuando vienen elecciones después de haberlo tenido en el olvido y de considerar su estilo como debilidad política por no imponer sus criterios en aras de la concordia nacional.

Es más oportunista todavía aprovechar la recuperación de su memoria y de sus servicios en beneficio de un partido concreto, cuando él era todo lo contrario: el hombre que arriesgó su biografía política para que todos los partidos dispusieran de las mismas oportunidades.

Es contradictorio con su biografía la falta de diálogo con determinadas formaciones y personas, con alto riesgo para valores tan importantes como la unidad nacional. Y lo mismo se puede decir del hecho de no buscar ningún consenso para intentar, al menos intentar, una reforma de la Constitución.

No fue estilo ni norma de comportamiento de Suárez el tratar de imponer leyes sin aceptación de criterios de la oposición, sino que uno de sus principios ha sido proclamar el respeto a las minorías, por pequeñas que fuesen.

Podría seguir indefinidamente con esta relación, pero creo que no hace falta. Solo digo: si se quiere a Adolfo Suárez como reclamo electoral, no basta con decirlo. Hay que incorporar sus principios. En el fondo, solo Suárez puede ser Suárez.