Ganará las elecciones. Para qué, señor Rajoy

Xose Carlos Caneiro
Xosé Carlos Caneiro EL EQUILIBRISTA

OPINIÓN

Hace cuatro años, la misma noche electoral, en una tertulia televisiva yo afirmaba sentirme orgulloso de que un gallego fuese a encabezar el Ejecutivo español. Durante meses, en mis artículos, seguí defendiendo su presidencia a pesar de sus cambios de opinión; utilicemos este eufemismo, tan correcto, por no escribir sustantivos más procaces. Así observé cómo el paro con el que iba a acabar en breve seguía en niveles alarmantes; cómo los impuestos que iban a bajar subían; cómo la reforma judicial conseguía poner en su contra a abogados, fiscales, jueces y otros estamentos jurídicos; cómo la ley del aborto se despertaba en proceso de muda y al día siguiente no se mudaba; cómo se recortaban inversiones y presupuestos sanitarios; cómo iban desapareciendo librerías, editores, autónomos, cómicos, etcétera, acuciados por el IVA cultural; cómo los funcionarios veían descender su poder adquisitivo año tras año; cómo las promesas realizadas a los afectados por el fraude de los sellos se quedaban en nada; cómo, para vergüenza de los que lo defendimos contra viento y marea, pudo usted redactar aquel ominoso y repugnante «Sé fuerte, Luis».

Podría escribir otros desaliños, genéricos o particulares, pero entonces mi artículo precisaría varias páginas. Me centraré en lo esencial. Usted ha tenido una oportunidad histórica de cambiar los cimientos de España. No lo ha hecho. Ha podido acometer la reforma administrativa que engrosa nuestra burocracia, y prefirió mirar para otro lado. O reformar la ley electoral, pero mientras beneficiase a su partido no lo juzgó necesario. O redactar una ley de educación que sirviese de verdad para elevar la calidad de nuestra enseñanza, promover el conocimiento y evitar el rubor de colocarnos en las pruebas PISA a la altura de países subdesarrollados. Y tampoco. Prefirió poner al frente de Educación a un ministro lenguaraz, gárrulo y soberbio, residente ahora en la OCDE con nómina millonaria, que consideró que mejorar la instrucción (la ilustración) era, sencillamente, ejecutar exámenes y reválidas. Y usted pensó que eso era lo idóneo. Por no citar su nula empatía con el mundo de la cultura, que, en lugar de llevarlo a disertar con intelectuales, lo condujo a comentar partidos de fútbol en la radio. O la decrepitud de los medios de comunicación públicos: para argumentar este aserto me basta señalar que el programa estrella de la televisión que todos pagamos lo conduce Bertín Osborne. ¿Cómo ha volado tan bajo, señor Rajoy? ¿De verdad no siente rubor? Y no lo digo por usted mismo, sino por la oportunidad perdida: un Parlamento en mayoría absoluta que nunca más volverá a repetir. Lo digo, también, por los miles de personas a las que ha decepcionado. No escatimaré elogios por su gobernanza económica: ha sacado a flote un país dejado al borde de la quiebra por Rodríguez Zapatero. Y también ha sabido enfrentarse con rigor y firmeza al secesionismo catalán. Sin embargo, las terribles sombras en la formación y pensamiento (las ideas), fundamentos de toda cabal transformación, ennegrecen nuestro futuro. Ahora gobernará en minoría, acuciado por la corrección política, que no permitirá enmendar la educación, la Administración y otras médulas del sistema.

Nos seguirán mirando de reojo a los que alguna vez nos ilusionamos con la quimera de que otro país era posible. Una España sin monopolios de la cultura, donde pensar diferente y libremente no sea castigado. Donde los responsables culturales, acomplejados y cobardes, no humillen a la propia cultura convirtiendo la pluralidad en un consorcio del falso progresismo. Ganará las elecciones. Para qué, señor Rajoy.