Las cosas que realmente importan

Fernando Salgado
Fernando Salgado LA QUILLA

OPINIÓN

Mariano Rajoy declaró a comienzos de este mes: «Espero cerrar lo importante tranquilamente». Frase enigmática si la desnudamos de su contexto. ¿Qué decisiva cuestión se propone zanjar el presidente con su parsimonia habitual? ¿Lo importante para Rajoy es también lo importante para los españoles? Recurro al diccionario y busco la definición de importante: algo de mucha entidad o consecuencia. ¿Y qué problemas de mucha trascendencia agobian en esta hora a los españoles? Intentemos adivinarlo.

Decía la vieja canción que tres cosas hay en la vida, salud, dinero y amor, y el que tenga esas tres cosas que le dé gracias a Dios. Y dice el CIS, que toca una partitura mucho más terrenal, que a los españoles les preocupa especialmente, por ese orden, el paro, la corrupción y la economía. Añadamos a este cuadro el terrorismo y la guerra, lacras que considerábamos alejadas de nuestra puerta hasta que, por cortesía de París, la sangre anegó el porche de casa y Hollande se puso a aporrear los tambores de guerra. Alguno de esos asuntos será, digo yo, el que Rajoy espera «cerrar... tranquilamente».

Pues no. No es esa la ocupación actual de nuestro presidente. Cuando completamos su declaración, para evitar de paso que alguien nos acuse de descontextualizar su frase, queda aclarado su código de prioridades: «Hacer listas es lo más difícil de la vida política». Todo lo demás es irrelevante y pan comido.

Eliminar las colas del paro y crear empleos dignos, frenar la hemorragia de brazos y cerebros, reconstruir el país, reparar las grietas del Estado del bienestar, suturar la brecha de la creciente desigualdad social, garantizar el sistema de pensiones públicas, acometer una reforma fiscal progresiva que proporcione recursos suficientes, drenar las cloacas de la corrupción, coser la doble fractura catalana -interna y con el resto de España- que coloca al Estado al borde del abismo y combatir el terrorismo yihadista sin menoscabo de los derechos humanos constituyen una panoplia de problemas secundarios y fáciles de resolver. Lo importante -«lo más difícil»- consiste en designar candidatos.

Pero hagamos justicia a Rajoy. Mientras él reconoce, ingenuamente, sus dificultades de seleccionador -«me cuesta mucho», dijo-, sus adversarios hacen exactamente lo mismo. En vez de explicarnos cómo afrontarían los problemas que nos preocupan, los Pedro Sánchez, los Albert Rivera o los Pablo Iglesias lanzan su caña en aguas del star system -en la judicatura o en la milicia, en el deporte o en la cátedra-, a la captura de estrellas que abrillanten sus deslustradas candidaturas. Lo de menos es lo que piensan tales cracs: a fin de cuentas, su papel consistirá en apretar el botón que les ordene su jefe de filas. A este paso, la política española no tardará en convertirse en un gigantesco plató de televisión. Habrá espectáculo y circo, enanos que crecen y payasos que reciben bofetadas. Tal vez con ese opio consigamos olvidar las cosas que realmente importan.