«La Marsellesa» y los nazis

Luís Pousa Rodríguez
Luís Pousa FARRAPOS DE GAITA

OPINIÓN

19 nov 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

La Marsellesa tiene una letra dura, hija de la Revolución y su guillotina. Demasiado montaraz para los delicados paladares de lo políticamente correcto. Tal vez porque no es precisamente una tonadilla que ensalza las bucólicas praderas y a sus hacendosos paisanos, sino un poema incendiario que habla de sembrar los surcos con sangre impura -«¡temblad, tiranos!»-, el himno nacional de Francia siempre ha puesto terriblemente nerviosos a los profetas del totalitarismo en cualquiera de sus múltiples variedades históricas. Estuvo prohibido durante el Imperio y, por supuesto, durante los años oscuros de la ocupación nazi de Francia, cuando la resistencia lo empuñó como santo y seña de la lucha contra la invasión fascista de Europa.

Porque, en medio de la palabrería patriotera que lleva implícita todo himno -salvo nuestra muda y austera marcha nacional-, La Marsellesa sostiene desde 1792 que a Francia no le temblará el pulso a la hora de defender la República y que, si es preciso, está dispuesta a pulsar en cualquier momento el botón rojo de llamada de sus ciudadanos a las armas.

Y para plantar cara a un nuevo totalitarismo, el yihadismo, lo cantaron los aficionados que el viernes asistían en Saint-Denis al encuentro entre Alemania y Francia. Y por eso mismo lo entonaron la noche del martes en el estadio de Wembley -iluminado con la bandera tricolor y con el antiguo lema que exige Libertad, igualdad y fraternidad- las hinchadas de Francia e Inglaterra, países que en medio del pánico decidieron jugar al fútbol para demostrar que el Estado Islámico no nos va a dictar cuándo ni dónde puede Wayne Rooney marcar un gol.

Claro que esto ya nos lo había enseñado Michael Curtiz en Casablanca (1942), en esa memorable escena en la que Rick asiente levemente con la cabeza a la orden de Victor Laszlo para que la orquesta del café toque el himno de Francia. Los parroquianos, puestos en pie, cantan La Marsellesa para aplastar con sus voces los cánticos nazis del mayor Strasser y sus secuaces. Ahí, en ese preciso momento, Rick entiende que Ilsa Lund debe largarse con Laszlo en el vuelo a Lisboa y el capitán Renault, que se ve obligado a cerrar el local por orden de los alemanes, empieza a rumiar su dulce venganza contra Vichy.

En Saint-Denis, en Wembley o en el café de Rick el himno de Francia siempre consigue que el Goebbels de guardia eche mano a su pistola. Por eso, tantos años después, aún cantamos La Marsellesa contra los nazis.