Se empieza quemando libros y se termina quemando personas. No falla. De la quema de la novela Versos satánicos, de Salman Rushdie, a la quema de los rehenes en las jaulas del Ejército Islámico. Ambas televisadas. La segunda con mucho más eco, eran personas, y se podía ver por Internet a lo bestia, nunca mejor dicho. En los años 88 y 89, cuando empezó el calvario para Salman, no había todavía esa avalancha de información e intoxicación a golpe de clic. En sus excelentes memorias, Rushdie recuerda que cuando vio arder su libro en las primeras manifestaciones contra él pensó en Heine. El poeta Heine, que fue perseguido en su época por ser un judío y que se convirtió al luteranismo, había escrito un drama titulado Almanzor, en el que dejó dicho que «allí donde queman libros, al final queman a las personas». Se refería, no se lo pierdan, a la quema del Corán por la Inquisición. Esa frase la escribió Heine en el siglo XIX. Y es la que está grabada en el suelo de la plaza de la Ópera de Berlín, porque era el lugar donde los nazis amontonaban libros para reducirlos a cenizas. Se grabó ahí para que no volviese a suceder. Pero la frase ha resultado profética de nuevo. Años después de los nazis, los radicales musulmanes quemaron la novela de Salman Rushdie. Y ahora termina por cumplirse la segunda parte, la más atroz, de la profecía de Heine: «Al final queman personas». De Heine a Salman para llegar a la sala Bataclan. Y siempre el combustible del odio.