Supongo que las guerras se producen así: empiezan por una agresión a personas de un país; ese país se siente herido en su dignidad o humillado en su poderío y responde con una acción de castigo; en esa acción se producen accidentes que obligan a réplicas de mayor dureza; se entra en una dinámica de máxima violencia en la que solo puede haber un vencedor y un vencido; mientras, la sociedad se contagia de ardor guerrero que lleva a la recluta voluntaria o forzosa de soldados y material bélico. Si las agresiones se producen únicamente entre dos naciones, es una guerra convencional. Si entran otros países, se puede empezar a hablar de guerra mundial.
Ahora estamos en dos fases paralelas: la operación de castigo con bombardeos e indicios de contagio de ardor guerrero. Como alguien escribió, malos tiempos para pacifistas. Se percibe un clima favorable a la intervención militar. Se reclama una alianza supranacional para liquidar al enemigo terrorista. Si resulta difícil formar esa alianza, se debe a dos factores: desinformación sobre los objetivos que deben ser atacados y miedo a tener que hablar de bajas propias. Ni los Estados Unidos, tan acostumbrados a recibir féretros, están dispuestos a nuevas honras fúnebres presididas por la bandera federal. Pero el clima es peligrosamente bélico.
Y España, en medio. A los gobernantes no les preguntamos por la seguridad nacional, sino por la participación en los bombardeos. Hay un ambiente parecido al previo a la invasión de Irak, con la diferencia del liderazgo. Aznar se encontró con una invitación de Bush que significaba para el presidente español entrar en el círculo de confianza del poder mundial. Como entonces se dijo, era «sacar a España de la cuneta de la historia». La foto de las Azores se hizo como símbolo de grandeza. Rajoy, que se sepa, no recibe esas presiones y sufrió en su persona las consecuencias de aquella implicación. «Tú y tu puñetera guerra», dicen que reprochó a su antecesor al perder las elecciones del 2004.
¿Qué debe hacer ahora Rajoy? Desde luego, a un mes de las urnas, echar mano de su instinto de supervivencia y no meter a España en la dinámica del «no a la guerra». Pero tampoco puede ser desleal con los socios y dejar que sean otros los que corran con los gastos. Y siendo como somos un país amenazado, hay que cuidar mucho las palabras y los hechos para no provocar las iras de los asesinos. Eso no es cobardía; es precaución. La decisión es difícil. Creo que lo mejor es lo que está haciendo el Gobierno: torear hasta donde pueda y esperar a ver cómo se perfilan otras alianzas y el respaldo jurídico internacional. Por lo tanto, lo urgente es esperar. Y en eso el gran maestro se llama Mariano Rajoy.