Sí, es una guerra de religión

Cristóbal Ramírez LA ACTUALIDAD

OPINIÓN

Tras los ataques de París ha salido a relucir la beatífica cantinela de siempre: esto no tiene nada que ver con el islam, son unos descerebrados fanáticos los que, al igual que ayer y anteayer, han provocado las masacres.

La primera conclusión es que al parecer debemos de estar rodeados de descerebrados fanáticos, ya que cuando no se producen atentados es porque la policía ha hecho bien su trabajo y las noticias de detenciones de excursionistas a Siria ya no ocupan las primeras páginas. Pero vaya si las hay.

La segunda, más racional, es que sí: se trata de una guerra de religión. Cierto: para que haya un conflicto bélico es necesario que existan al menos dos partes repartiendo balas, bombas o lo que proceda, y desde aquí da la impresión de que nosotros, herederos históricos del humanismo cristiano, no nos peleamos con nadie.

No es cierto. Por supuesto que, de una manera desgraciada, empezamos guerras en Afganistán e Irak que supusieron la vida de muchos miles de musulmanes, y aquellos polvos trajeron estos lodos. Por supuesto también que la otra parte, el enemigo -no, no son todos los musulmanes, eso es demagogia pura-, va a intentar hacernos todo el daño posible. Anteayer, ayer, hoy y mañana.

Pero lo pasado no entra en la categoría de lo reversible. Y lo único cierto es que Europa tiene que defenderse ahora más que nunca. Los errores pasados no pueden ni anular el sueño europeo ni ser una invitación a la mortificación, sino a poner los pies en la tierra, a dejar atrás vacuas declaraciones de solidaridad y a buscar un proyecto común sobre dos ejes: solucionar el problema de los refugiados censándolos por buenas o por malas en cuanto pongan pie en Europa, y adoptar una política de seguridad común en la periferia de la UE sin buenismos. Y, desde luego, reconocer que sí, estamos ante una guerra de religión. Como casi siempre en la historia. Y queremos ganarla. ¿O no?