Fue el primer identificado por la policía francesa. Gracias a la huella de su dedo en la sala Bataclan. El mismo dedo que apretó el gatillo sin parar. Su cuerpo descuartizado, tras autoinmolarse después de la masacre con las bombas que llevaba encima. La huella nos ha dejado un prototipo. Y es que Ismail Omar Mostefai es un caso de libro. Lo peor es que puede haber muchos como él por Europa. 29 años. Hijo de argelino y de una portuguesa convertida al islam. Los padres, nada fanáticos. Y él, tampoco. Hasta hace unos años. Se casó y vivía en una casa de protección. Trabajaba de panadero y jugaba al fútbol todos los viernes, después del rezo. En el sur de París. Había sido un pandillero de delitos menores, de ahí su ficha policial. Pero nunca llegó a pisar la cárcel: peleas, pequeños robos. Según las crónicas, Ismail fue a más. Poco a poco. Pero no en los delitos. Fue a más porque cada vez se sentía menos francés. Oía que los musulmanes en Francia eran unos parias y empezó a comprar ese discurso. Pasó a ir a la mezquita todos los días, ya no solo el viernes, día del rezo. Todavía seguía con los partidos de fútbol. Pero las leyes municipales lo echaron de su vivienda oficial. O pagaba y se quedaba la casa o la tenía que dejar. La dejó. Esas leyes están hechas para que los inmigrantes tengan que irse todavía más lejos. E Ismail decidió dar el paso. Viajó a Argelia, tierra de su padre, y se empapó aún más de odio. Y, en este punto, la policía especula, se supone que, desde Argelia, viajó a Siria, donde vio que había violencia para todos. Donde sus ojos se reafirmaron en que había que devolver los golpes. Había que matar. Y volvió a París, aquel chaval que jugaba al fútbol y hacía pan, convertido en un asesino. ¿Cómo se lucha contra este proceso? ¿Solo con más bombardeos?