«entre culebras y extraños»

César Casal González
César Casal CORAZONADAS

OPINIÓN

Hay palabras y palabras. Hay palabras que van cargadas a morir por el autor. Empapadas en tristeza. Hundidas en desesperación. Heridas con dolor. Hay autores que escriben prosa como si estuviesen recitando un poema largo. El gallego Celso Castro es uno de esos artistas. Y es una satisfacción que su novela entre culebras y extraños esté cosechando reconocimientos y vendimiando lectores sin parar en toda España. Y es que el que se sumerge en sus párrafos sin puntos y aparte y es capaz de disfrutar de esa avalancha de sentimientos sabe que le acaban de contar un pedazo de vida desnuda, sin paréntesis, solo con guiones. Inevitable citar a Lobo Antunes y sus monólogos encabalgados. Pero Celso Castro resulta mucho más comprensible que el portugués, que cada vez se aleja más de los lectores, con ese cubismo en el que ya resulta casi imposible reconocer las caras. Celso Castro, desde las palabras tintadas de lirismo, es mucho más próximo. Radical, pero cercano. Gusta y disgusta su historia del chico enfermo, de su novia sofía, de su madre, de su hermana vera. Todo en minúsculas. Ese chaval que se estremece por todo como una estrella de mar moribunda en la orilla cuando baja la marea en riazor o en el orzán. La novela dispara al inicio la muerte del padre (no desvelo nada). Son las primeras páginas. Y, a partir de ahí, del padre lejano que se escondía detrás de las novelas rusas y del Taras Bulba, aparece el relato de crecimiento del hijo. Un hijo siempre enfermo con una madre que lo cuida demasiado. Con una hermana, también perdida, que lo quiere y lo hiere. Y una novia, su vecina de niña, que es la clave de la novela. Una chica a la que él ama más que a sí mismo. Y todo el libro encima, como el pensamiento de ese chaval de bachillerato, dominado por los filósofos de la angustia, Kierkegaard, del sufrimiento, Schopenhauer, del nihilismo, Nietzsche, hasta rociar las páginas en el keroseno de quien cree que ya no saldrá del pantano. Pero hay vida, mucha, en esa manera tan libre de contar la verdad así, con el corazón incendiado.