Si violar la ley sale gratis, todo está permitido

Gonzalo Bareño Canosa
Gonzalo Bareño A CONTRACORRIENTE

OPINIÓN

10 nov 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

España no es el primer país del mundo, y ni siquiera de Europa, que se ha asomado en el siglo XXI al abismo de su propia desintegración como nación. Pero sí, desde luego, el que ha abordado esa tragedia de la manera más ridícula. Lo mínimo que cabe exigir cuando alguien se lanza a la aventura de iniciar un proceso de independencia es un poco de gravedad. Algo de altura política en las partes a la hora de enfrentar una crisis de semejante de calado histórico. Y, cuando la negociación política se hace imposible, la asunción de un mínimo riesgo por parte de aquellos que deciden desafiar al Estado y el coraje de los que defienden la integridad de la nación a la hora de utilizar toda la fuerza democrática para impedir la secesión.

La ópera bufa que se está representando en España, culminada con la aprobación de la declaración de «desconexión» impulsada por Junts pel Sí y la CUP y el previsible rechazo de hoy a la investidura de Artur Mas como presidente de la Generalitat, supone por el contrario la consumación del primer acto de una obra patética que se está haciendo ya muy larga, en la que nadie está a la altura.

Pretender, como pretenden Artur Mas y quienes respaldan su atolondrada hoja de ruta, llegar a la independencia con triquiñuelas legales, con ridículos y calculados pasitos en un Parlamento regional, y sin que los promotores de la secesión asuman el más mínimo peligro, deja clara la pequeñez y la cobardía de quienes lideran el proceso. Y la respuesta mojigata de los que defienden el respeto a la legalidad pero ponen el grito en el cielo cada vez que alguien invoca el único artículo de la Constitución que dota al Estado de la legitimidad necesaria para hacer frente a la sedición, muestra la insignificancia de unos políticos incapaces de asumir la responsabilidad para la que fueron elegidos y de garantizar la legalidad constitucional.

Cuesta imaginar una indignidad mayor que la que aguardaría a los ciudadanos de una Cataluña independiente construida sobre la trampa, la doblez y la mentira, sin un solo atisbo de grandeza política del que poder vanagloriarse. «¿Quién quiere vivir donde se persigue criminalmente a quien pone urnas?», se preguntaba ayer Mas. Debería cuestionarse quién quiere vivir en una nación erigida bajo el liderazgo de un saltimbanqui como él, falto de toda talla política y con el único apoyo de unos dirigentes de la CUP que se lo toman todo a pitorreo. Pero tampoco resulta especialmente honorable que se pretenda sofocar ese incendio político parapetándose detrás de los jueces, sin levantar nunca la voz y poniendo la otra mejilla. Por loca que pueda parecer en el caso de una España plenamente democrática, la aventura de alcanzar la independencia atropellando las leyes es una opción. Pero quienes la inician deben saber siempre que se exponen a un grave riesgo si fracasan. Lo otro es lo que ya nos dijo Dostoyevski. Si Dios no existe, todo está permitido. El mensaje de que hacer la revolución y violar la Constitución sale gratis es, además de peligroso, una invitación permanente a la sublevación. Y así nos va.