¡Qué políticos tan guais!


Estamos asistiendo a una frenética competición de los líderes políticos por ser los más simpáticos, los más accesibles, los más divertidos, en un intento imposible de parecer tan normales como la gente normal. La política se ha convertido en un espectáculo catódico. Pablo Iglesias y Albert Rivera no existirían o serían insignificantes políticamente sin la televisión. Pero en los últimos meses este fenómeno se ha radicalizado. Se trata de humanizar al líder. Hoy vale infinitamente más una intervención graciosa en El Hormiguero que un mitin político, esa insufrible mezcla de onanismo y autobombo para convencidos. El formato de pasar 24 horas con un aspirante a la Moncloa se ha puesto de moda. El gran descubrimiento que hemos hecho es que toman cañas. Sí, hasta Rajoy. Todo está bien preparado para que parezca improvisado. Soraya Sáenz de Santamaría baila desaforada como si no hubiera un mañana, Iglesias canta con desparpajo sin que le importe desafinar, Pedro Sánchez desciende atlético de un aerogenerador o escala un pico en Planeta Calleja y Rivera se apunta a un rali con el aventurero. Los políticos dan audiencia, son las nuevas estrellas mediáticas, un negocio para las televisiones. Al líder del PSOE le saltaron a la yugular cuando llamó a Sálvame para dar explicaciones a Jorge Javier Vázquez. Ahora nadie se resiste ante Pablo Motos o Jesús Calleja. Solo Rajoy, más rígido y envarado, que no se ve en ese papel. Lo suyo últimamente son los selfies. Parafraseando a McLuhan, la superficialidad es el mensaje. Los estrategas electorales de los partidos ya no saben a qué pruebas someter a sus candidatos para atraer a esos dos millones y medio de indecisos que decidirán el 20D. Todo sea por el voto.

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