Una visita desacomplejada al Vaticano basta para olfatear que la curia católica hace tiempo que encontró su reino en este mundo. Pero los últimos libros publicados en Italia sobre las finanzas de la Iglesia habrán asqueado a todos los católicos que cada domingo encajan unos duros en el cepillo convencidos de que su limosna consolará de la miseria a algún desgraciado. La investigación aproxima la milenaria institución a una organización mafiosa diseñada para colmar a sus miembros de fortuna con el concurso silencioso de una curia rendida a la conspiración y obsesionada con el poder. Una enloquecida carrera por amasar dinero en la que hasta la santidad tiene un precio, ubicado de media en los 500.000 euros. Cualquier Estado democrático recibiría la censura internacional con la mitad de las prácticas que han prendido en el Vaticano, un minipaís que se ampara en la gestión de una divinidad en la que muchos parecen no creer, protegidos por la fe sincera de millones de personas a las que usan como vulgar coartada de sus excesos.
Hace ahora un año, el tenebroso cardenal Tarcisio Bertone montó en cólera cuando La Repubblica publicó: «La ira de Bergoglio por el mega ático de Bertone». Se narraba la indignación del papa por la vida principesca del secretario de Estado de Benedicto XVI. «Algunos medios han hablado de manera malévola a propósito de mi apartamento y para aumentar el suplicio mediático se han duplicado los metros cuadrados», se quejó Bertone. Según sus mediciones, la suntuosa buhardilla ocupaba 350 metros cuadrados y no los 700 que indicaba el periódico, aunque olvidó añadir que la reforma la financió la caridad de los católicos. Como se ve, todo muy espiritual.