A las tres son las dos

Fernanda Tabarés
Fernanda Tabarés OTRAS LETRAS

OPINIÓN

25 oct 2015 . Actualizado a las 10:01 h.

Una vieja decisión adoptada en 1974 nos ha concedido la extravagancia de vivir un día de 25 horas.

El mundo era muy distinto hace cuarenta años cuando las autoridades franquistas acudieron al reloj para atajar la crisis que aquellos días no alimentaban los bancos sino el petróleo.

Desde entonces nos han pasado muchas cosas pero ahí seguimos: dos veces al año metemos mano en el tiempo convencidos de que lo podemos acelerar o retrasar a nuestro antojo.

Superada la discusión periódica sobre las ventajas e inconvenientes del cambio de hora, convertir los días en chicle nos convierte por un rato en demiurgos del tiempo, la variable existencial más inexorable sustento reciente de una próspera industria que intenta convencernos de que la edad se puede rectificar a base de ungüentos y polifenoles.

Si ha pasado esta madrugada consciente, habrá intuido el poder que concede jugar con el tiempo. Ese segundo en el que el reloj pasa de las 2.59 a las 2.00, ese instante en el que se visualiza la gamberrada oficial que supone convencer a un país de que la cultura energética se fundamenta en jugar con las manillas del despertador, así de fácil, chimpún.

Cada vez que esto acontece, es inevitable fabular con una realidad en la que los problemas se atajan atrasando una hora el reloj, un mundo de segundas oportunidades en el que todo puede volver a suceder pero de otra forma. Hoy voy a pensar que cada minuto que tengo por delante puede haber pasado ya y que incluso, quizás, puede ser el último.

Y ahí no hay cambio de hora.