Y, de pronto, Ian McEwan

César Casal González
César Casal CORAZONADAS

OPINIÓN

Es un autor veterano. Pertenece a una bandada genial de creadores ingleses. Con Martin Amis. Con Julian Barnes. Con Ishiguro. Pero jamás lo había leído. Uno de los prodigios de la lectura es que siempre hay más. Siempre llegan las sorpresas. Los arrebatos. Siempre te enamoras de nuevo.

Abrí el último de Ian McEwan, el primero para mí, La ley del menor y me quedé deslumbrado. Dicen que sus primeras obras son de otro estilo. Que el aplomo lo ha ido ganando. No lo sé.

En esta novela corta trenza dos cabos poderosos: lo que cuenta y cómo lo cuenta. Su prosa está aquilatada. No sobra nada.

El autor de éxitos como Expiación o Chesil Beach te deja boquiabierto.

Y la cantidad de historias que hace desfilar ante tí como si nada. No desvelo claves. Figura en el inicio.

Una jueza de la familia del Tribunal Superior inglés, con cincuenta y muchos años, casada y sin hijos, es informada por su marido después de una vida de amor que quiere tener una aventura con una joven. Así.

Y empiezan a estallar las burbujas y las teclas de la prosa de McEwan. La herida personal se cruza con un caso.

La magistrada tiene que decidir si permite salvar la vida de un chico menor testigo de Jehová que no acepta una transfusión.

Las argumentaciones jurídicas son otra sorpresa. Expone argumentos sobre la vida, las creencias, la medicina, la moral, con una levedad que solo le corresponde a esos maestros que tiene el don de explicar lo difícil de manera fácil y bella.

El libro no se suelta. Son apenas doscientas páginas.

Pero viajas a Londres. A la Corte. A lo difícil que es ser juez y ser justo. A que dentro de un juez hay un ser humano. A los pequeños o inmensos temblores de las relaciones personales. Al amor que fue. Al amor que es.

Ian McEwan, por lo menos en esta novela, hace ficción como si fuera realidad.

La amplia escala de la desdicha humana.