¿De qué nos vale ser productores de energía?


De vez en cuando vuelven a las páginas de los diarios las amenazas que afectan a las industrias establecidas en Galicia y que son intensivas en el consumo de energía. La causa es la aplicación de costes tarifarios muy elevados, que por su cuantía hacen inviable la producción. No descarto que haya otros intereses por medio, pero la importancia del tema para nuestro sistema productivo, y por la incertidumbre que genera en cientos de trabajadores, me llevó a pensar en el origen de la cuestión. Fue en 1959 cuando la iniciativa de Pedro Barrié promovió una industrialización moderna para Galicia, basada en tres factores que entonces eran ventajas comparativas: la cercanía a un puerto, ser excedentaria en la producción de energía eléctrica, y por lo tanto con precio reducido, y disponer de un sistema financiero flexible: el propio banco Pastor. El financiero coruñés manejaba todos los hilos: Fenosa era suya, el banco era suyo y presidía, entonces, la autoridad portuaria coruñesa. Se instaló la primera multinacional del aluminio, Aluminios de Galicia, germen de la planta de San Cibrao, y una multinacional que fabricaba electrodos para altos hornos, Genosa. Después llegaron otras, como Silicios de Sabón, y más tarde, pero por poco tiempo, una siderúrgica integral, Sidegasa, instalada en Teixeiro. Eran, junto con la refinería de Petroliber en Bens, a cuya consecución también contribuyó el prócer coruñés por su amistad con Franco, los emblemas de la nueva etapa industrial de Galicia.

Han pasado muchos años y mucho han cambiado las cosas. Hace tiempo que Galicia no tiene un poder económico suficiente para poder influir en las decisiones del Estado, como en cambio sí ocurre en Barcelona, que por este camino se convirtió en el centro gestor de la energía en España, incluida la gallega (absorbió Unión Fenosa), o en Bilbao, donde también supieron jugar su baza. En ambos casos, la principal causa del éxito reside en la estrecha alianza entre los grandes empresarios y el poder político, que siempre fueron de la mano. Entre nosotros, lo más común fue la relación Xunta-empresa vía subvención, y como ejemplo ahí está el sector naval.

El caso es que nadie ha sido hasta ahora capaz de hacer valer nuestra condición de primera región productora de energía (excluyo la nuclear) para lograr ventajas tarifarias para que el coste de la energía volviera a ser un factor de atractivo industrial, pero tampoco se ha utilizado con fuerza este argumento para exigir un trato favorable a las industrias ya instaladas que son consumidoras intensivas de electricidad. Y así llegamos a la paradójica situación de ver cómo nuestras industrias están en riesgo de deslocalización debido al elevado coste de la electricidad, que en buena parte nosotros producimos. En el fondo seguimos siendo una región abastecedora de los grandes centros urbanos y económicos del país y alejada de cualquier posibilidad de entrar en el juego de los grandes lobbies regionales españoles. Así ocurrió con el intento de recuperar Fenosa, así ocurrió las cajas de ahorro, así ocurre también con el coste de nuestra propia energía.

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