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La política es una de las actividades más misteriosas que existen. Y mucho más en esta fase pop que atraviesa, inyectada como anda de exageraciones e imposturas. Lo que se lleva hoy en los partidos es la sobreactuación de los afectos, de forma que en público hay que mostrarse en idilio perpetuo con los propios y en batalla permanente con los adversarios. Solo un traductor bien informado será capaz de averiguar qué significan en realidad los piropos que se dedican los compañeros de partido, detectar el desprecio, el odio, la desconfianza o esa envidia encarcelada que muchos militantes sienten cuando el jefe unge a uno y desaira a todos los demás. Conviene aceptar que en pocos sitios se practica como en política esa sumisión aparente con la que se manejan los secundarios ante el líder y que en realidad es el disfraz de quien aspira a ser el patrón cuando llegue el momento de apurar el jaque.

Por eso produce tanto regocijo público cuando un político traga saliva y dice por una vez lo que siente sin los flotadores dialécticos de quien está acostumbrado a nadar en aguas turbulentas. García Margallo y Montoro lo han hecho estos días, compartiendo con la audiencia lo que de verdad sienten el uno por el otro desde que el que manda los privilegió en un Gobierno y los obligó a vendernos una apariencia de unidad que probablemente nunca sintieron. El ministro de Exteriores sería un soberbio intelectual incapaz de renovar sus argumentos; el de Hacienda, un ágrafo alérgico a los libros. La cosa es peor de lo que los ciudadanos sospechábamos. Quizás por eso no suelen decirnos la verdad.

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