Este miércoles el periodista Federico Quevedo soltó en la Cope esta bomba: el PP se está planteando que Núñez Feijoo sea su próximo candidato a la presidencia del Gobierno. Mariano Rajoy renunciaría. Personalmente, no lo creo. Para ser más exactos: creo que Alberto Núñez Feijoo sería un magnífico candidato, pero no creo que Mariano Rajoy entienda que tiene motivos para renunciar. Es cierto que no disfruta sus mejores momentos de popularidad, pero en él se da una circunstancia frecuente: como candidato es mejorable, pero como presidente merece un notable alto, a pesar de los errores, a pesar de Cataluña, a pesar de todos los déficits que la diputada Cayetana Álvarez de Toledo anota en su cuenta.
Esto ocurrió en un día singular: el día del montorazo, que tantas heridas abrió; el día de la dimisión de Arantza Quiroga, abriendo una grieta de sectores, entre Alfonso Alonso y Dolores de Cospedal; el día de la acumulación de temblores de la crisis de ansiedad, y el día en que Alberto Núñez Feijoo se emocionó en el Parlamento Gallego, se le quebró la voz al hablar del honor de presidir Galicia y desde la distancia sonó a despedida. No estamos acostumbrados a las emociones en la clase política. Vemos a los gobernantes como unos tipos que solo tienen la erótica del poder y nos sorprende descubrir que también tienen corazón.
A este cronista lo que le quedó es que Alberto Núñez Feijoo tiene corazón y lo usa. Y algo que tampoco es frecuente: tiene sentido de la provisionalidad. Es muy arriesgado interpretar los sentimientos de alguien sin contrastarlos con él, pero intuyo que, después de los años que lleva en la presidencia de la Xunta, se ha identificado tanto con Galicia que Galicia es su vida. No la política gallega, sino Galicia, la tierra, las gentes gallegas. Y, como tiene ese sentido de la provisionalidad de los cargos, cada recuerdo de sus trabajos se convierte en una morriña. Creo, por ello, que Feijoo no se estaba despidiendo: se estaba poniendo sentimental y morriñento. ¡Dios, cómo lo entiendo!
Pero entiendo también que tenga sonido de despedida. Su partido pasa momentos que suenan a fin de ciclo. Sigue saliendo como partido ganador, pero con un voto resignado, el voto de quien desea cambiar, pero no encuentra nada mejor. Justa o injusta, esa resignación se palpa. Penetra en el seno de un partido que ha perdido frescura, ebrio de datos económicos, desbordado por el desafecto catalán y falto de ilusiones nuevas. En ese panorama, a Núñez Feijoo le corresponde un papel que él nunca buscó, y ese papel es el de salvador. Mejor dicho: el de despertador, el de agitador de la ilusión perdida. De momento se lo otorga la opinión publicada. El cuándo no está escrito.