James Dean nunca cumplió los 25 años. Así se ha quedado en nuestras memorias como el rebelde bellísimo de Al este del Edén, de Rebelde sin causa y de Gigante. Se cumplieron la semana pasada sesenta años de su brutal muerte por exceso de velocidad, al volante de su flamante Porsche Spyder 550. Un coche que, para 1955, era un tiro: 225 kilómetros de velocidad y el chasis de una pluma, 550 kilos, con carrocería de aluminio. Ese fue su ataúd de lujo cuando se estrelló contra un Ford Tudor. Dean tenía pasión por las carreras y, aunque Hollywood se lo había prohibido por contrato, el actor viajaba hacia Salinas para participar en una. La pérdida fue terrible, pero lo que pone los pelos de punta es lo que relataron las crónicas sobre la historia de ese coche. Es el coche al que se le llamó «el pequeño bastardo». Y el mote se queda corto. El vehículo estaba maldito. Tras la muerte de James Dean, la segunda víctima fue el mecánico que intentó llevarse los restos del motor y la carrocería. La grúa se rompió y las piezas le partieron las dos piernas. Pero hay más. El coche se vendió troceado. Y el que compró el motor se mató contra un árbol. Otro que adquirió las ruedas también se estrelló. Las ruedas estallaron mientras conducía y, aunque salvó la vida, estuvo en coma. Todo el Spyder 550 parecía una maldición. Dos ladrones que se quisieron llevar los restos del garaje resultaron heridos. Entonces George Barris, como relata Alba María Romero en la peculiar historia de este Porsche, decidió que lo que quedaba del elegante féretro de James Dean se dedicaría por lo menos a la seguridad vial, al ser tan peligroso. Fue llevado a dos exposiciones. En la primera, se produjo un incendio. En la segunda, en un instituto, un estudiante fue aplastado por la carrocería. Ahora se comprende que al coche le llamaran «el pequeño bastardo».