En la fila de los dos mil

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

Estoy en la fila del Palacio de Oriente para saludar a los reyes. Dicen que fuimos invitados dos mil ciudadanos, con lo cual no tiene mucho mérito estar aquí. Para salir después en las crónicas y que te vean los cuñados en la tele, se requieren otras condiciones: tener un cuerpo como Mariló Montero, salir alguna vez en Sálvame, presidir un Gobierno autónomo y no querer asistir o llamarte Pablo Iglesias y menospreciar la invitación con cualquier disculpa. La igualdad entre los españoles puede valer, siempre que tengas el valor de aducirla como argumento. Si el motivo es, como dijo en La Sexta noche, que aquello es «un tostón», el señor Iglesias no sabe los tostones que le esperan en política. Entre otros, ver su propia caída en las encuestas. Los reyes le habrán agradecido que no invoque como argumento eso de la monarquía caduca o no elegida por los ciudadanos.

Estoy, como digo, en la fila saludo. En esa fila estamos la plebe, porque los ministros y las consideradas autoridades del Estado entran desde otra sala. Creo que estuve siempre invitado, desde que el rey Juan Carlos inauguró estas recepciones, incluso antes de que el 12 de octubre fuese declarado día de la Fiesta Nacional. En todos esos años, decenios, he visto a toda la clase política. Asistí a presencias insólitas, como la de Alfonso Guerra, siempre ausente, pero que una vez decidió asistir porque era preciso expresar un apoyo público a la monarquía, zarandeada por algún vendaval de opinión pública. Los que faltan en esa edición es sencillamente porque se han muerto. Por eso ahora los asistentes son más jóvenes. Tan jóvenes como Pedro Sánchez, Alberto Garzón y Albert Rivera. Este cronista es, definitivamente, un veterano, por usar una palabra poco humillante.

Se me antoja, después de ver las últimas encuestas, que quizá sea la recepción de la despedida: la despedida de toda una generación que hizo la España democrática. Viene otra (ya veremos si el 20 de diciembre) que habla de relevo, de cambio, de reforma de la Constitución y que quiere hacer una España nueva, más a su medida. Se me antoja también que podría ser la última recepción de la España tal como lo conocemos: con Cataluña, que ha culminado su transición hacia un Estado propio; con otra Cataluña que empieza a asistir a estos actos, de vuelta del desencanto soberanista; con una clase dirigente distinta en la banca y las grandes empresas?

Mientras tanto, anoto que el Estado español pierde jirones. La ausencia de la presidenta navarra es como una cuenta del rosario autonómico que se ha perdido para las celebraciones españolas. Tendría que preguntarle a Felipe VI si él siente esas mismas sensaciones, pero los reyes no hablan de política.