¿Cómo lo cuento?


Mis amigos turineses, mis amigos italianos, estaban muy interesados en conocer esquemáticamente mi versión de las elecciones autonómicas catalanas y su conversión en plebiscito independentista. Ambos se habían formado una opinión aparentemente contradictoria de los resultados. Uno era lector de Il Fatto Quotidiano, un periódico izquierdista, y el otro leía el moderado La Stampa. En uno había ganado la lista de los independentistas, y en el otro diario perdían claramente pese a ser la coalición mas votada.

¿Cómo les cuento yo lo que a mi juicio ha sucedido el pasado domingo? Me armé de valor pedagógico y me dispuse narrar a modo de conclusión el tremendo disparate de una convocatoria secesionista camuflada en unos comicios ordinarios para la formación de un nuevo Parlamento catalán.

Mis interlocutores no entendían cómo el líder de un partido vencedor en la anterior consulta autonómica se presentaba a la presidencia del Gobierno de la Generalitat en el número cuatro de una lista encabezada por un independiente nacido en Madrid y que había militado en las filas del comunismo. La misma lista integrada por un buen puñado de militantes del viejo partido Esquerra Republicana, ahora coaligado con la formación centrista burguesa Convergència Democràtica de Catalunya, partido del presidente Mas, y cuyo último candidato era un conocido entrenador de fútbol que vive en Múnich y adiestra al Bayern.

Tuve que explicarle que Convergència hasta hace un mes estuvo históricamente coaligada con uno de los últimos partidos cristianodemócratas de Europa, Unió, la formación del diputado histórico en el Congreso de Madrid Duran i Lleida.

Imaginaba la confusión que mi embrollada conversación estaba creando en mis interlocutores transalpinos. Proseguí. Y continué relatando los resultados intentando sumar a los patrocinadores del sí, de la independencia, los once escaños de un frente radical, asambleario, antieuropeo, enemigo del euro y de la monarquía que en sus primeras declaraciones públicas la noche electoral sugirió proclamar la república catalana de forma unilateral a la mañana siguiente. Un partido internacionalista en su ideario convertido en ariete nacionalista y que excluye a Mas al frente de Cataluña. Hice un inciso antes de que mis amigos enloquecieran para subrayar que el padre fundador del neocatalanismo, Jordi Pujol, acusado junto a su clan familiar de corrupción y principal mentor de Mas, sigue en libertad. Fui relatando que el modelo Podemos no alcanzó sus objetivos electorales y que Ciudadanos, partido joven que a sus diez años de edad alcanzó su madurez multiplicando escaños hasta pasar de la veintena, pescando en el río seco de los conservadores del PP, que junto con el Partido Socialista son (o eran) los dos ejes del bipartidismo español.

Mis amigos, que no entienden y no comparten el discurso secesionista de la Padania segregada de Italia, se cansaron de mi torpe interpretación y convinieron en volver a llamarme cuando pasen unos días, para ver cómo va evolucionando el caos, quién se queda fuera del reparto y si hay que convocar nuevos comicios después de reconducir el mapa de las generales que se avecinan.

No sé si podré ser de gran ayuda y si mi visión política del relato se convierte en fábula, novela de ciencia ficción, negra o de terror.

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