Hay que escribir cartas. De puño y letra. Más que nunca, hay que escribirlas. Ya está bien de teclear. Hemos perdido la letra y el sentido de la letra: la caligrafía. Hace muy bien la Biblioteca Nacional en poner en valor el trazo de la pluma o el bolígrafo sobre el papel. Hemos perdido el valor de la expresión de puño y letra. Ese dibujo que solo nuestra mano puede repetir. Hemos perdido con tanto correo electrónico el placer de escribir cartas, de sellarlas, de enviarlas. Hemos perdido el gozo y el dolor de recibir cartas. Largos folios con esa letra que se quedaba en el corazón. La letra siempre está herida. Porque con ella se expresa el alma y sus fragmentos. De ahí los peritos calígrafos. Pero ahora mucho me temo que la letra esté herida de muerte. Ahora solo esperamos que nos lleguen las multas o los requerimientos. El buzón ya no es una puerta a la esperanza, a la amistad. El buzón ya solo es un departamento administrativo, de papeleos. Digo que hace bien la Biblioteca Nacional en abrir esa exposición en Madrid sobre la historia gráfica de la palabra. En glosar el arte de escribir. La letra manuscrita de Cortázar, de García Márquez, de Cela. No hay dos manos que escriban igual. De la caligrafía de Lope a la de Galeano. Y los tratados con los que estudiaron nuestros padres, que todavía conservan una letra impecable. El pulso. La muñeca. La inclinación sobre el folio. El folio en blanco. El sonido de la pluma que rasga el lienzo de papel. Escribir es dibujar, dibujarnos. El teclado oculta lo que la letra muestra. Una gozada que estamos tirando a la basura digital.