El comunicado hecho público anteayer por la Asociación Española de Banca y la Confederación Española de Cajas de Ahorros poniendo de relieve los gravísimos peligros económicos que supondría la independencia de Cataluña y defendiendo, en consecuencia, la necesidad de preservar «el orden constitucional y la pertenencia a la zona euro del conjunto de España», habrá suscitado a buen seguro en millones de españoles tres sensaciones diferentes que me gustaría compartir con los lectores.
La primera, de alivio, claro está, al ver confirmada una verdad como una casa -la secesión supondría la salida de Cataluña de la UE y de la zona euro-, que contribuye a desmentir la gran patraña con la que los independentistas tratan de engañar a millones de catalanes cuando afirman tan tranquilos que un futuro Estado catalán seguiría formando parte de la Unión. No es verdad y así lo han proclamado todos los que tienen autoridad en la materia. No solo eso: un futuro Estado catalán saldría también de todos los organismos internacionales a los que, como parte de España, Cataluña pertenece (ONU, FMI, OTAN, OCDE, OSCE y OEA) y tendría que ser reconocido por los restantes Estados de la comunidad internacional, lo que, tras una secesión ilegal, en bastantes casos no llegaría a producirse.
La segunda sensación, de irritación, viene dada por el hecho de que la AEB y la CECA, como tantas personas físicas o jurídicas a lo largo y ancho del país, hayan mantenido su silencio hasta que han sentido en la nunca el aliento del desastre. Es verdad que más vale tarde que nunca, pero en situaciones como esta más vale sobre todo pronto que tarde.
La tercera sensación, lo diré con claridad, es de estupor. De estupor, no tanto o no solo por el hecho de que el comunicado del sector financiero no haga ni una sola referencia a la realidad histórica, política, cultural, lingüística y sociológica de España como algo inapelable, sino porque quienes tienen el deber de insistir en esa idea sigan callados como tumbas. ¿Dónde están los abajo firmantes del mundo del cine, el teatro, la literatura, las artes plásticas o las universidades que viven de y por la realidad de un país de cuya existencia no tienen duda alguna, pero cuya vigencia, por lo que se ve, no quieren defender solo por miedo a ser tachados de amigos del PP?
¿O es que la existencia de España se traduce solo en una unidad económica o un mercado? ¿O es que nadie de los que pueden y deben hacerlo va a tener el coraje de decir en voz bien alta que la realidad de España como comunidad política es mucho más potente en todos los sentidos que la de los territorios que defienden los nacionalismos infraestatales? Es ese silencio el que desequilibra, a fin de cuentas, un debate en el que unos pueden mentir como bellacos y otros no se atreven a decir verdades como puños.