Ni extrema ni dura

César Casal González
César Casal CORAZONADAS

OPINIÓN

Así es Extremadura, una de las grandes desconocidas de España. Una tierra muy bella. Llena de encantos. Ahora mucho más cerca gracias a que está terminada la autovía de la Plata. Unos días en Cáceres, o en Mérida y, sobre todo, en Plasencia y el valle del Jerte recuperan a cualquiera. Plasencia, por ejemplo, es la sorpresa de Extremadura. Cáceres, Mérida o Trujillo ya se buscan, pero Plasencia, fundada por Alfonso VIII, por algo se apellida lugar para el placer de Dios y de los hombres. Su casco antiguo, la plaza mayor con un ambiente increíble. Los Arcos, la Isla. Claro que hace calor, pero bendito sol cuando llegas desde las cortinas de lluvia de Galicia. Los campos extremeños están pespunteados de toros y la caza es otra de sus tradiciones, con todo el derecho que tienen a amarlas. El extremeño sorprende y gusta. Es hablador, cordial, acogedor. Tienen una comida fabulosa, los embutidos, el salmorejo, los vinos y ese secreto de ibérico que ya no es ningún secreto. Cáceres goza de ser patrimonio de la humanidad con todo el merecimiento. Con esa zona histórica para la que hay que preparar los pies con el fin de conquistarla por sus cuestas y empedrados. Como la Alfama de Lisboa o Toledo. Pero Plasencia, un martes, el día de feria, es un festival para los sentidos. La calle del Sol eclipsada, pero de gente. Esa librería, La puerta de Tannhäuser, que debería ser declarada espacio protegido. Si van a Andalucía por la vía de la Plata, no lo duden: pongan un poco de pimentón en su vida y paren en Extremadura. O vayan a propósito, sin más. Ese río Jerte que baja de las montañas cabeceando por el valle y que en primavera es una de las postales más hermosas de este país. Menos hablar de Cataluña y más disfrutar de Extremadura.