Oleadas de inmigrantes que ponen rumbo norte huyendo de la miseria y la violencia, islamistas que ejecutan infieles y dinamitan monumentos milenarios, récords de calentamiento global, Estados que se descomponen y los latigazos de una Gran Recesión que parece interminable; sumémoslo todo y, si echamos mano del concepto alemán de espíritu del tiempo (zeitgeist), se diría que el espíritu del nuestro es su salvajismo.
El paso del orden bipolar de la guerra fría al desorden multipolar actual tiene el efecto paradójico de incrementar los conflictos. A las puertas de Europa hay una guerra latente en Ucrania y un Estado Islámico que se expande por el mundo árabe haciendo que Al Qaida parezca un juego infantil. La ONU cifra en 60 millones los desplazados en el mundo, número no alcanzado desde la Segunda Guerra Mundial y asociado a violencia, represión o desastres naturales, cada vez más relacionados con el calentamiento global.
El informe Stern del año 2006 cuantificaba el impacto permanente del cambio climático en un 20 % del PIB mundial en caso de inacción. Desde entonces se ha hecho muy poco y año tras año se baten récords: el año 2014 fue el más caluroso desde que existen registros, igual que el reciente mes de julio.
Sin dejar de calentarnos, esperamos el estallido de la bomba de relojería china, que pone en evidencia la frágil recuperación mundial, basada en un experimento de expansión monetaria sin precedentes en la historia, que nadie sabe cómo acabará y que se enfrenta con dos grandes retos: una montaña de deuda -impagable, para muchos expertos- y un aumento constante de la desigualdad que cuestiona la existencia misma de una clase media de consumidores, base del sistema.
Podemos añadir que diversos informes estiman que buena parte de los empleos actuales desaparecerán en las próximas décadas sustituidos por máquinas y también constatar que no existen instancias políticas globales adecuadas para gestionar problemas globales y cambios tan acelerados que desbordan los marcos conocidos.
Como si todo lo anterior nos fuera ajeno y no padeciésemos una tasa de desempleo que supera el 22 %, en España, mientras unos políticos irresponsables prenden fuegos secesionistas, otros tratan de apagarlos esparciendo gasolina.
Quien no quiera desanimarse puede leer a Jeremy Rifkin, que pronostica un mundo nuevo basado en una economía colaborativa de productores-consumidores (prosumidores) que superará el capitalismo. Quién sabe; son tiempos nuevos, tiempos salvajes.