La abuela Fefa


El retrato de la abuela canaria ingresando en la prisión de Tahiche por negarse a demoler parte de su vivienda para acoger a sus nietos debería colocarse a la entrada de todos los juzgados, en las salas de juicios y en las instalaciones públicas de Justicia de nuestro país como ejemplo del rigor, la coherencia y la ecuanimidad con las que se imparte la ley. Aunque el Gobierno haya remendado el esperpento concediéndole un indulto, la abuela Fefa entró en la trena por desobediencia a la autoridad, que es lo que le corresponde a quien no acata la demolición de dos alpendres de 20 y 70 metros cuadrados en los que cobijar a tres nietos por temor a su ingreso en servicios sociales.

No voy a ser yo quien diga que la Justicia es un cachondeo, que podría decirlo, y que no es igual para todos. La Justicia española es igualitaria para los robagallinas; para los que se la saltan por cuestiones humanitarias, para los toxicómanos redimidos y rehabilitados y para los que no gozan del amparo de las grandes instituciones, partidos y asociaciones.

Porque es fácil imaginar la cara de satisfacción ante la foto de la abuela Fefa a las puertas del presidio de infantas, duques, ex presidentes autonómicos, responsables bancarios, sindicalistas, respetados dirigentes, estafadores, timadores, maleantes y carteristas que nos han saqueado el país y que a día de hoy continúan su veraneo como si nada hubiese ocurrido, mientras los afectados por sus peripecias sobreviven como pueden.

Para los que andamos por el mundo acarreando nuestra ignorancia no es nada fácil comprender a la Justicia que nos han dado. Desde los conocidos casos del empresario que pudo manosear a su empleada porque lo provocó vistiendo minifalda, a la que asegura que las mujeres son torpes al volante o la del Supremo de no obligar a la banca a devolver lo cobrado por las cláusulas suelo apelando al «trastorno económico» que supondría para las entidades financieras.

Frente a esta incomprensible impunidad y protección judicial tenemos casos inaceptables como el de la abuela Fefa, que no hacen más que sonrojarnos y enojarnos. Porque creemos que, como bien dijo el humanista Luc de Clapiers, nadie puede ser justo si no es humanitario. Humanitario, neutral y decente, añado yo.

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