Justicia y realidad


La catástrofe de Angrois fue un suceso dramático producto de una imprudencia. Hasta aquí todos de acuerdo; nada que discutir. Las discrepancias comienzan en el momento en que el análisis avanza y aparecen los que pretenden reducir la catástrofe a un mero exceso de velocidad, producto de un despiste del conductor.

Situar, como sitúan algunos, el desastre de Angrois sobre los hombros del maquinista resulta difícil e inútil de rebatir. Por infantil, simplón y carente de peso. Claro que el tren no iba a la velocidad requerida por un despiste de Garzón, pero eso también hay que preverlo como se hace en aviación; porque este es un país donde colocamos suplentes hasta en las mesas electorales y en los campos de fútbol.

Y, sin embargo, se fio la vida de cientos de personas a un solo maquinista que también tiene derecho a errar. El ser humano tiene fallos y se despista; qué le vamos a hacer. Pero lo peor es la ausencia de las medidas de seguridad previstas, por las prisas, el recorte de inversiones o las estrategias electorales. Que Angrois no reunía la seguridad necesaria lo acreditan las mejoras introducidas con posterioridad en cuanto a señalizaciones y balizas, al margen de otros sistemas que se los llevó por delante el cambio de proyecto.

Pero dos años después, nadie parece ser responsable. Ni los directores de seguridad, ni los inspectores, ni los diseñadores, ni los responsables políticos, ni el sacristán de Coímbra. Nadie más que Garzón responde de la catástrofe. Ni penal, ni política, ni socialmente. Esto es España, amigos. El país donde la justicia está reñida con la realidad.

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