Álvaro Cunqueiro, expulsado de Madrid


Desde el inicio de la Guerra Civil han transcurrido 79 años, desde su final 76 y casi 40 desde que, en 1977, se celebraron, tras la dictadura, las primeras elecciones democráticas. Se mire como se mire, tiempo más que sobrado para atender de una vez, y para siempre, aquel ruego que, en plena carnicería fratricida, expresó Manuel Azaña en la Barcelona de 1938: «Paz, piedad, perdón».

No lo entiende así el nuevo equipo de gobierno de Madrid, que está preparando una amplia lista de figuras de nuestra historia para limpiar su callejero de franquistas reales o supuestos. ¡Una nueva depuración! ¡A estas alturas! Pues sí, otra más, en la que los inquisidores no se han parado en barras al repartir los capirotes: el filósofo Eugenio D?Ors, los escritores Josep Pla (cumbre de las letras en catalán y castellano), Jardiel Poncela, Miguel Mihura, Gerardo Diego (gran figura de la generación del 27), Manuel Machado (admirado por Borges como poeta modernista) y, al parecer, Álvaro Cunqueiro, a quien querría dedicar unas palabras.

Y es que Cunqueiro es el más genial e innovador de los escritores que ha dado al mundo contemporáneo la literatura en lengua gallega, creador de un auténtico canon -en el sentido del crítico literario Harold Bloom- con sus maravillosos Merlín e familia y Si o vello Sinbad volvese ás illas y autor de obras inolvidables como As crónicas do Sochantre, Escola de menciñeiros, Xente de aquí e de acolá y Os outros feirantes. Es tan inmensa su obra literaria que de no haber escrito en una lengua minoritaria y en su momento despreciada sino en castellano o, ya no digamos, en inglés, ocuparía hoy a buen seguro el lugar de honor que se merece.

Pero Cunqueiro no era solo un escritor excepcional, sino también un hombre que, como millones de españoles, quiso sobrevivir a la locura que se desató en el país tras el levantamiento militar de 1936. Unos se unieron al golpe de Estado por simpatía con los sublevados, otros porque creyeron que aquel pondría fin a la guerra larvada que se vivía entonces en España y otros únicamente porque quisieron salvar el pellejo y evitar ser paseados. Tengo la impresión de que Cunqueiro, vinculado antes de la contienda al Partido Galeguista, estaba entre estos últimos, y es muy fácil condenarlo por ello ahora, en plena democracia, cuando hay quienes consideran un gran acto de coraje democrático desnudarse en una iglesia en la que se está diciendo misa.

¿Hasta dónde llegará esa furia depuradora que quiere expulsar a Cunqueiro de las calles de Madrid? Porque, ya puestos, imagino que si cae, caerá también Suárez, en su día ministro secretario general del Movimiento, y otros tantos que, como él, fueron primero franquistas y lucharon luego por construir la democracia que permite ahora a Manuela Carmena intentar ganar la Guerra Civil con 79 años de retraso.

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