El jueves en A Coruña era verano. Uno de esos escasos días dorados y azules de julio, radiantes y redondos, perfectos para la postal de julio. Hasta la tenue brisa se hacía la remolona y jugaba al escondite, no fuera a perturbar la soleada ceremonia. Ayer, viernes, amaneció, nublado, con un sol apenas entrevisto, perezoso, solo la luz líquida del poniente y esa amabilidad climática evidenciaba que estábamos comenzando la singladura veraniega.
Y ese es nuestro activo, la marca, el ADN climático, la denominación de origen. Si quieren encontrarnos, búsquennos en el colo del aire, donde las mañanas son amables, apacibles, serenas. Envuelven tibiamente a quien con ellas va.
Para quienes vivimos mas allá de Pedrafita, en los limites geográficos de las calderas de Pedro Botero y comprobamos cómo en el estío respira el asfalto, muerto de calor, el norte, ese norte gallego de sol y sombra es la más adecuada, la más perfecta de las fórmulas veraniegas. Y además se puede ir a la playa a disfrutar de todas las sístoles y diástoles marinas sin correr el peligro del achicharramiento inmediato. Nuestro moreno es atlántico con unas gotas doradas de cantábrico. Es yodo y oro, son algas batidas y viento sosegado.
Sol y sombra, más no se puede pedir, aunque yo sí he pedido en la cena literaria de La Voz de Galicia/ Ámbito Cultural, delante de buena parte de las personas que han hecho de la cultura gallega y en gallego un compromiso, les he pedido que lo renueven, que el desánimo no los invite a abdicar, que la libertad de creación está en gran parte vertebrada en torno a este diario, el cuarto de los mas leídos entre todos los editados en el Estado, el primero de largo en la comunidad autónoma.
Le dije públicamente al nuevo alcalde que en la cultura tenemos, bien lo sabe el conselleiro también presente, el primero de los activos que nos convertirá en ciudadanos más libres, más críticos y más independientes.
Nos hemos convertido en los últimos guardianes de la palabra, en los depositarios de una lengua tan antigua como vigente, ahora, en el momento en el que la cultura tal como la conocíamos es una sirena varada en esta playa continental adonde llegó un mensaje en una botella a la deriva, avisándonos del discurso banal y liviano del pensamiento débil que nos asola, que ya nos ha invadido.
Pese a todo, sigo siendo optimista porque nuestro discurso está mejor articulado, porque las tardes en sombra de este verano acogen todavía a Cunqueiro y a Homero, a Blanco Amor y a Faulkner, a Rosalía y a Kavafis, a Torrente y a Stendhal, y sus textos nos hacen creer que otro mundo es todavía posible, mientras a lo lejos, por el valle, estallan cohetes de fiesta y si aguzas el oído puedes incluso escuchar una sinfonía refrescando la tarde. Seguro que es Bach, que suena entre sol y sombra.