Estamos de Chicote hasta el gorro de cocina. Hasta la punta del gorro de cocina. Que son tan altos para que la cabeza permanezca refrigerada y para que los vapores de los fogones no cuezan la mente del cocinero. Pero es demasiado Chicote. Lo lidera todo. Los ránkings de televisión. Los anuncios. Los vídeos de YouTube. Chicote es omnipresente. Alberto Chicote del Olmo. Solo Pablo Iglesias sale más en las pantallas. Este país es así. Chicote es como el Torrente de las películas. Cuando la pillamos con alguien, no paramos. Lo multiplicamos en todas partes. En las conversaciones. Cerramos los ojos y vemos Chicotes. Todo el mundo con la última de Chicote. Pero este país es tan grande que hay otro Chicote y otros chicotes. Lo suelto, para relajar de la epidemia televisión del cocinero. Está ese local de la Gran Vía en el que bebió Hemingway. El mítico Chicote. Y nuestro español es tan rico que todavía hay por lo menos otros tres chicotes, ahora ya con minúscula. Está el chicote que nos queda en la punta de los dedos, cuando ya nos hemos fumado el resto del puro. Ese cabo de tabaco y brasa con el que apuramos ya casi quemándonos la huella una calada más. Está el chicote con el que en México dan chicotazos. Ese trozo de cuerda que viene siendo un látigo. Y está el chicote de toda la vida, no el de la tele, insisto, el chicote que le dedicamos coloquialmente a ese chaval de poca edad, pero robusto y bien formado. Cualquier tema tiene una vuelta. Incluso ese Chicote que nos tiene hasta los fogones.