¡Ah, la gente!

Carlos G. Reigosa
Carlos G. Reigosa QUERIDO MUNDO

OPINIÓN

En la reciente campaña electoral, España se nos ha ido llenando de neolenguajes más o menos orwellianos a medida que cada fuerza política trataba de diferenciarse de las otras, más por las apariencias que en la realidad. Así, las palabras nuevas se fueron atiborrando de significados viejos, mientras que las viejas aparentaban nutrirse de sentidos novedosos. Los populismos exbolivarianos pasaron a autonombrarse socialdemócratas, y los socialdemócratas tradicionales se apuntaron al «Gobierno de la gente». El propio PP se abonó a la riada de la «mucha gente con sentido común y sensatez que ama a su país» (Rajoy dixit). ¿Y qué decir de Ciudadanos? Albert Rivera lo dijo claro: los elegidos deben ser «gente nacida en democracia y sin mochilas de corrupción política», esto es, personas nacidas después de 1978. (Claro que el equipo de Rivera tampoco cumplió este requisito, ya que solo 4 de los 19 miembros de su comité ejecutivo nacieron después de ese año).

¡Ay que ver cómo les gusta a todos la gente, sobre todo la que los vota! Porque la que no los vota ¿es realmente gente? ¿Buena gente? ¿Gente de fiar? Habrá que preguntárselo a todos esos líderes que se han extenuado repitiendo la palabra una y otra vez, sin tomarse ni un respiro. La gente es la nueva palabra de moda y la Real Academia Española debe tomar nota de ello. Porque ya no basta con definir gente como una «pluralidad de personas» (1.ª acepción) o decir que es, «con respecto a quien manda, conjunto de quienes dependen de él» (2.ª acepción). No. El vocablo se ha enriquecido de tal modo que ha desplazado a público, pueblo, masa, reunión, multitud o humanidad. Hasta aquí hemos llegado en la pasada campaña, y sin visos de desmayo.

Sé que la palabra se ha reivindicado para evitar otras que tal vez se tenían por muy desgastadas. Pero creo que todos se han pasado siete pueblos. Nunca tantos y tan diversos líderes habían apelado a «la gente» para identificar a los suyos o a los que desean que sean los suyos. Ni siquiera denominaciones como el pueblo, la población o el proletariado han resistido el impulso de cambio o la fatiga de los viejos términos. El concepto que define la gente se fue ennobleciendo progresivamente, tal vez porque no tenía contagio de nada adverso o rechazable. Pero quizá todos ellos deberían haber tenido más presente una afirmación del propio George Orwell: «Si la libertad significa algo, será sobre todo el derecho a decirle a la gente aquello que no quiera oír». Creo que esto se les olvidó a nuestros políticos en su irrefrenable afán de seducir.