Los resultados del 24M expresan, antes que otra cosa, la ruptura con la clase política convencional alcanzada por la porción del censo que es más joven, urbana, dinámica, informada, formada, convergente y crítica, agrupada ahora en torno a nuevas propuestas de reemplazo. Toda la estadística electoral anunciaba insistentemente la progresión de Podemos y Ciudadanos, luego no es ninguna sorpresa la formalización en el ámbito estatal del ciclo iniciado en Andalucía, algo que se entiende ahora que la situación creada por Susana Díaz, es una más. El progreso educacional de la población, la revolución tecnológica de finales del siglo XX, el desarrollo de la red en España, la autocomunicación social, la socialización del conocimiento, o la ruptura del monopolio de la verdad que ejercía el conjunto de los medios convencionales, son algunos de los factores que explican lo que está sucediendo: la inteligencia electoral del ciudadano medio de 18 a 41 años de edad ha superado a la del viejo político convencional. Estos ciudadanos nuevos suman más de 12 millones de personas, el 35 % del censo electoral en España, y lideran a las generaciones precedentes con un nuevo pensamiento de lo público.
El error de cálculo estratégico del PP ha sido formidable, ha retrocedido más de dos millones de votos municipales y ha perdido más de cien diputados autonómicos, luego la crisis está servida en ese partido. Lo que está muriendo es algo que se entiende progresivamente mejor. Cuando Esperanza Aguirre afirma que la democracia terminará en España si Podemos gana las elecciones generales, se dirige a un elector muy ignorante, que ya no existe entre los más jóvenes. El PP se ha reconcentrado en una esencia que es predemocrática, por eso aparca en la Gran Vía y cede a Ciudadanos la identidad convergente. El PP ha aterrizado en el lugar de su refundación.
Nunca lo nuevo trajo nada bueno, nosotros somos así, o Adanes surgiendo por doquier, son expresiones de Mariano Rajoy, que situó a su partido en un lugar distinto y alternativo a todo. Lo que muere este año es una cultura política que supone que el administrado es un ignorante y es predemocrática en infinidad de manifestaciones.
Los nuevos votantes ven en Podemos el reemplazo natural del PSOE, inmerso en un proceso de pasokización incuestionable desde el 2010. El fenómeno electoral es el mismo, los ciudadanos nuevos, crecientemente desmovilizados desde ese año, regresan al sistema de representación aunque ocupando espacios nuevos y diferenciados entre sí. Quienes votan a Podemos y a Ciudadanos no lo hacen para pactar con el PP o el PSOE, lo hacen para reemplazarlos, pero se diferencian por relación a los compromisos comunitarios. El votante de Podemos es contrario a las políticas de la UE sobre España, mientras que el de Ciudadanos está ahí para merecer la confianza de Ángela Merkel o Mario Draghi.
Por su parte, el PSOE ha perdido Madrid a manos de Podemos, y este suceso tendrá un reflejo territorial inmediato, mientras que el PSC ha pasado a ser un partido del montón, como el PP, en Barcelona, donde se manifiesta de nuevo lo que estamos explicando mediante la candidatura de Ada Colau; el resultado de Barcelona invita a una reflexión y profunda, porque no estaba previsto en una hoja de ruta que hace abstracción de lo que está sucediendo en España y en el sur de Europa.