Cuando entran en campaña, a algunos políticos parece que les da un aire. A medida que la campaña se calienta, el aire empieza a pedir un sicólogo. Y entre los aireados de los últimos días, tenemos a dos personajes del primer nivel, que son don Pablo Iglesias, el líder de Podemos, y a don Pedro Sánchez, el secretario general del partido socialista. El primero se despachó a gusto con sus adversarios del PP y de CiU. Les llamó de todo, pero los insultos que más han trascendido han sido los de «gentuza», «corruptos» y para no quedarse corto, directamente «ladrones». Es cierto que en ambas formaciones hay o hubo dirigentes que merecen esos piropos, pero englobarlos a todos en esa nube delictiva parece levemente exagerado. Quizá el profesor Iglesias acude a términos tan altisonantes para destacar sus importantes diferencias ideológicas. O quizá sea, sencillamente, que es nuevo en estas contiendas y todavía confunde los decibelios con las peticiones de voto.
Me inquieta un poco más el socialista señor Sánchez por lo escuchado de su boca dos veces en esta campaña: que está dispuesto a negociar y pactar con todo el mundo, menos con Bildu y el Partido Popular. Hombre, señor Sánchez, yo valoro mucho su claridad de ideas y, sobre todo, su capacidad para marcar límites a su convivencia en el escenario político. Pero vamos a ver: eso de poner al Partido Popular al mismo nivel que a Bildu, que es el partido sucesor de Herri Batasuna, no parece su mayor acierto. Todavía hay una diferencia entre ellos, y es nada menos que su actitud ante el terrorismo, por no decir su implicación. Sería interesante, no digo más, que no parezca que iguala a ambas formaciones.
En segundo lugar, su declaración puede ser muy honesta, demostrar claridad de ideas para decidir quiénes son sus compañeros de viaje y responder a lo que quiere escuchar una parte de su electorado. Pero marcar una línea roja de pactos obliga a mucho. Obliga a pedir disculpas por haber firmado con Rajoy un acuerdo político contra el terrorismo yihadista. Obliga a trasladar a la opinión pública la idea de que en España jamás podrá haber una gran coalición de Gobierno, ni siquiera en caso de emergencia nacional o necesidad de garantizar la estabilidad, porque el señor Sánchez no la quiere. Y demuestra incoherencia para resolver la investidura de doña Susana Díaz: mientras esta señora predica en público y en privado que el PP la tiene que dejar gobernar, su jefe político (¿teórico?) expulsa al PP de toda posibilidad de acuerdo. Es muy llamativo, pero muy irracional. Y olvida un pequeño detalle: a los políticos no se les exige que sean inteligentes, aunque se valore. Se les exige que tengan una mínima coherencia elemental.